El dos de enero Él había vuelto a dormir en el sofá. Se levantó antes que los demás y dejó el café hecho, como cuando todavía compartían cama. Aquella mañana volvieron a desayunar juntos por primera vez; desde Nochebuena. No por decisión, sino por coincidencia. Cuando Ella entró en la cocina, el café ya estaba templado. Se sirvió una taza y se sentó a la mesa. Mientras Él pasaba su dedo por el móvil, Ella untaba la mantequilla en su tostada, sin mirar. En el pasillo se adivinaban parpadeando las luces del árbol, con su ritmo ya cansado, como si esperasen que alguien se decidiera por fin a apagarlas.
—Mañana hay que llevar al niño al dentista —dijo Ella , sin levantar la voz.
Él asintió. No preguntó a qué hora. No hizo falta. Habían aprendido a hablar así, con frases que no pedían respuesta completa. Era una forma de no molestarse demasiado.
El niño apareció en pijama, descalzo y con su manta bajo en brazo. Se sentó entre ambos, como hacía siempre, aún sin saber que desde hace algún tiempo aquel hueco no era un lugar, sino una frontera. Apoyó la cabeza un segundo en el brazo de su mamá, luego en el de de su papá. Ella le puso los calcetines y le colocó bien la cremallera del pijama. Él le acomodó la manta por los hombros y le empujó el plato para que alcanzara las galletas. No se miraron entre ellos. Pero cada uno sabía exactamente lo que el otro estaba haciendo. Después nadie movió una pestaña de más. Mantuvieron los brazos quietos, expectantes, como si ese frágil equilibrio pudiera malograrse con el más mínimo gesto.
—¿Hoy vienen los Reyes? —preguntó el niño.
Ella miró el calendario, como si la fecha pudiera moverse.
—Aún no, pero muy pronto—le contestó—.
Cuando el niño acabó su desayuno, se levantó y fue al salón. Desde allí les llegaba el sonido de los dibujos, demasiado alto. Él fue a bajar el volumen. Ella recogió la mesa.
Antes de irse a trabajar, el padre se puso la bufanda azul: la que Ella siempre le desaconsejaba, porque que no combinaba con nada. Esta vez no lo corrigió. Solo estiró un poco del extremo para que le cubriera mejor el cuello. Fue un gesto mínimo. Práctico. Casi automático. Y después le abrió la puerta para que saliera.
El dos de enero no es un día triste, ni es el final de nada. Es solo el día en que la vida sigue y las cosas dejan de fingir que pueden arreglarse solas. Aunque eso, a veces, pesa más que cualquier final.
