La Llave Olvidada

  

La casa estaba en silencio. El niño de cuatro años ya dormía, convencido de que los camellos estaban a punto de llegar. En el salón, su padre miraba con amargura los dos zapatos alineados y, un poco más allá, el zapato gastado que el pequeño había rescatado del armario de su madre. 

Para que ella también tenga regalo —había dicho el niño antes de acostarse. 

 El padre suspiró. Hacía un año que no hablaba con su suegro. Desde el funeral, el silencio se había vuelto un muro; el padre no podía olvidar que el abuelo no llegó a tiempo para despedirse de su hija, y el abuelo no podía perdonarse a sí mismo. Se culparon mutuamente de las horas perdidas, de las llamadas no contestadas. 

 Cuando comprobó que su hijo ya se había dormido, sacó los regalos de donde los guardaba: el camión de bomberos, el libro de cuentos... y una caja pequeña, envuelta en papel de seda, que dejó dentro del zapato de su esposa. Era su forma de cerrar el duelo, de decir adiós.  

Se sentó en el sofá a esperar que pasaran las horas, pero el cansancio le venció. Y ya de madrugada, un ruido en el propio salón lo despertó. Un hombre estaba agachado junto al árbol, de espaldas, revolviendo entre los regalos. 

¿Papá? —preguntó la voz del niño desde el pasillo.  

El padre se puso en pie de un salto, dispuesto a echar al intruso, pero el hombre se giró lentamente. No era un ladrón: era su propio suegro, el abuelo del niño, que sostenía la cajita de seda en la mano, mientras lloraba en silencio.  

Me disteis una llave hace años y nunca me la pediste —susurró el anciano, destrozado—. Solo quería dejarle algo al niño sin que me echaras de casa. Pero he visto esto en el zapato de mi hija... y es la misma joya que yo le regalé a su madre cuando ella nació.  

El padre miró a aquel hombre roto y comprendió que el abuelo no había llegado tarde al hospital por falta de amor, sino por miedo a enfrentar el inevitable final. Y el muro de silencio se derrumbó. Entonces también asimiló que el verdadero regalo de Reyes no estaba bajo el árbol, sino en esa llave olvidada que había permitido que, por una noche, aquella familia fracturada volviera a estar bajo el mismo techo. 

 —No te vayas —le dijo al suegro, con la voz quebrada—. Quédate a ver cómo tu nieto abre los regalos.