La Primera Mentira Del Año

 

 

El paquete de tabaco estaba sobre la cómoda, intacto, refulgiendo bajo la luz ocre de un mediodía que no terminaba de romper. Él lo miró con la prudencia de quien observa a un viejo conocido que sabe demasiado sobre ti. Había sido su gran promesa: "El primer día del año ya no habrá humo en esta casa". También se había comprometido, con la misma voz solemne frente al espejo de Nochevieja, a que marcaría el número de su hermano, a que rompería el silencio de tres años con una frase cualquiera.

 Se sentó en el sillón de orejas, aquel armatoste desgastado por el peso de sus tardes idénticas. Cogió el móvil, sintió el tacto del cristal en la palma y, por un instante, la intención rozó el botón de llamada. Fue una sinopsis mental fallida, un simulacro de valentía que murió antes de llegar al dedo.

 Con una parsimonia casi ritual, volvió a dejarlo descansar sobre la mesa y agarró el paquete de tabaco. El crujido del celofán al rasgarse fue el primer sonido real del año, un ruido seco que rompió el sosiego recién estrenado de la casa. Sacó un cigarrillo y lo olió; sólo lo olió... pero sintió un inmediato y humillante alivio. Muy fugaz, eso sí... Se dio cuenta de que mentirse a sí mismo era la fórmula más manejable de sentirse a salvo: la promesa le había servido para dormir tranquilo la última semana del año, y romperla le servía ahora para recuperar su vieja y cómoda derrota.

Al encenderlo, la primera calada iluminó sus dedos por un segundo pero, sobre todo, activó especialmente sus neuronas. Miró el humo gris bailando en la luz sucia de la ventana y sonrió de lado, con una amargura pausada. El uno de enero no era un folio en blanco; era el mismo periódico de ayer, manchado de café, donde alguien había escrito, con prisa, una lista de mentiras para no tener que mirarse a los ojos.

Soltó el aire despacio. La casa seguía en pie. Las grietas de la pared no se habían movido. Todo estaba en su sitio... todo en orden. Y especialmente, su incapacidad para ser otro.