Desde hacía varios días, el pasillo vestía distinto. Los niños del edificio habían dejado sus zapatos alineados junto al ascensor, como si los Reyes Magos fueran a subir en silencio, planta por planta, repartiendo su magia.
Él pasaba cada noche por delante de aquella hilera desigual: zapatillas diminutas, botas de nieve, un zapato rojo con purpurina decolorido... Nadie sabía que, al volver cada día de su trabajo, Él los recolocaba con cuidado, como si el orden pudiera ayudarlos en su plan.
Y así fueron transcurriendo los días hasta que, la víspera de la cabalgata de Reyes, encontró un zapato nuevo entre los demás: uno de mujer, pequeño, gastado en la punta. Lo reconoció al instante: no había vuelto a saber de Ella desde septiembre.
Se agachó, lo acarició con dos dedos como si fuera un cachorro de animal dormido, y entonces apreció que en su interior había un papel doblado en cuatro que decía: «Si aún no te atreves a pedirme nada, al menos déjame que yo te lo pida a ti: regresemos los dos a casa.»
Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, volvió a sentir una extraña punzada en el estómago. Y por eso dejó también su zapato en el pasillo. No para que los Reyes le trajeran nada. Sino para que Ella supiera que, al fin, Él también estaba dispuesto a recuperarla.

Comentarios
Publicar un comentario
Déjame aquí tu sueño,
y soñaremos los dos...