Encima de la mesa se recontaban los fracasos. Él escondía el rostro entre las manos, derrotado por las facturas impagadas. Ella miraba la servilleta con adornos de Navidad, el último residuo de una alegría que ya no podían permitirse.
—No nos queda dinero—susurró él—. He gastado hasta lo que no tenía para que el niño no notara nada. Y ahora, ¿qué?
La madre no respondió. Cogió la servilleta y vio que su hijo había dibujado algo detrás con una cera negra: tres monigotes que se daban la mano bajo un sol deforme. Pero lo que le detuvo el pulso fue lo que además había pegado sobre el papel con un trozo de cinta adhesiva: su moneda de oro de chocolate, la que había estado guardando como un tesoro sagrado desde hacía días.
En aquel momento, él levantó la vista: en el umbral de la cocina el pequeño los estaba observando, con su camiseta azul gastada y sus ojos brillantes. El chico no dijo nada; solo señaló el papel y luego se llevó la mano al corazón, imitando el gesto que su mamá le hacía cuando pretendía decirle que le quería sin usar palabras.
El padre se rompió entonces, pero esta vez no fue de miedo.
—Ya ves: nos queda él—dijo ella, con la voz quebrada mientras el niño se acercaba a las rodillas de papá—. Nos queda lo único que el banco no nos puede quitar... porque no saben cuánto vale.
