Cada mañana se maquillaba frente al espejo. Pero su finalidad no era mejorar su imagen; al contrario, lo que buscaba era no reconocerse. Necesitaba que en aquel reflejo que le devolvía el cristal no quedara el más mínimo rastro de aquella mujer que antes, mucho antes, fue feliz. Cuando por fin borraba por completo sus propios rasgos, entonces sí que podía salir al salón... y permitir que aquel hombre la llamara por el nombre de su difunta esposa.
