Dice mi mamá que hoy, por fin, me he convertido en un verdadero campeón: y es porque me he comido de un tirón todo el puré de verduras. Aunque en realidad me costó bastante trabajo, porque no estaba muy bueno. Pero ahora ya tengo el superpoder de hablar con las plantas. Al principio no las escuchaba muy bien, parecía como si murmurasen; pero poco a poco sus voces se hicieron más claras. Y así sé, por ejemplo, que las petunias de la ventana quieren que se las duche con más frecuencia, y que el helecho del pasillo necesita un tiesto más grande.
He pasado toda la tarde de maceta en maceta, escuchando sus caprichos y riendo con sus historias extrañas. Pero al salir de la casa, de pronto, todo se volvió muy silencioso. Allí fuera, ninguna planta me hablaba; ninguna decía nada.
Excepto el cactus del porche... él no me ha pedido agua, ni más luz, ni más nada. Solo me repite, con una voz muy bajita y asustada, el lugar exacto del jardín donde mamá enterró a papá.
