La Memoria Olvidada

  

En la esquina del salón había una planta. No era divertida, ni se movía, ni hacía nada peculiar. El niño pensó que ya había nacido aburrida. Solo crecía, hacia arriba, pero muy despacio... o eso al menos decía su madre. Él la examinaba con verdadero interés, pensando que quizás era como aquellos adultos que deciden dejar de hablar y de moverse para siempre. Como hacía el abuelo, antes de marcharse al cielo: permanecer quieto en el sillón, y hacer como que miraba a algún lado, pero sin ver realmente nada. Lo que más recordaba de él era la tristeza que reflejaba en sus ojos, algo que nunca llegó a entender.

Un día, mientras observaba aquellas hojas verdes, que le recordaban a las orejas de un elefante, el niño comprendió que no era aburrimiento lo que tenía la planta, sino tristeza. Y, como le sucedía al abuelo, también ella estaba empezando a olvidar...

Desde entonces acompañaba a su madre cuando iba a regarla: se acercaba, le acariciaba las hojas con suavidad y le contaba, en voz baja, cosas que le habían pasado en la escuela. Lo hacía con la inocente esperanza de que algún día pudiese despertar, y ser de nuevo ella misma... como le hubiera gustado que hiciese su abuelo.

 

Comentarios

  1. Que dulzura ese niño, una planta se parece a los abuelos, todos necesitamos que nos miren con cariño y nos acompañen con caricias y palabras amables.

    mariarosa

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    Respuestas
    1. Hola, Mariarosa.

      Así es, como tú dices... y él entendió perfectamente que tenía que cuidarla. La bendita inocencia de los niños que, por fortuna, aún ven la vida a través del corazón.

      Un abrazo!!

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y soñaremos los dos...