Los Casos De Jáimez: La Sangre De Nosferatu

 

 

El trenecito de madera de la atracción de feria se había detenido justo en la "Cámara del Ataúd", un rincón del terrorífico recorrido donde la penumbra apenas permitía adivinar las formas del decorado de cartón piedra. La víctima yacía en el asiento de uno de los vagones, con la cabeza ladeada y una palidez marmórea que contrastaba con la oscuridad del lugar. Pero lo que más sorprendió a Calvillo fue la presencia de dos orificios equidistantes en el lateral del cuello del cadáver, de los que brotaba un hilillo de sangre roja que había empapado su camisa blanca de lino.

—¡Esto es una profanación en toda regla! —le susurró al Inspector Jáimez con la voz temblorosa, señalando las heridas—. Mire esa precisión... son colmillos, no cabe la menor duda. Y fíjese en el crucifijo que que le cuelga del cuello y que aún aferra en su mano: el metal se ha ennegrecido al contacto con el vampiro que lo atacó ¡Lo han vaciado de vida en pleno trayecto! ¡Es un ataque que desafía cualquier lógica racional! 

Jáimez entró en la cámara con paso lento, apartó un murciélago de goma que oscilaba sobre un soporte de hierro y se ajustó las gafas con una calma casi litúrgica.

—Calvillo, si el conde Drácula tuviera que cazar su cena, creo que elegiría un lugar más elegante, acorde con su nobleza. Y esa joya no ha cambiado de color por ninguna influencia maligna; es plata de ley, simplemente. Pero la plata, si no se limpia con la frecuencia debida, acaba volviéndose negra por un proceso químico llamado sulfuración. Posiblemente, y al sentirse tan mal, se aferró al símbolo de su fe, como haría cualquier devoto cristiano. No hay nada especial en ello. 

  —¿Y las heridas, Inspector? —balbuceó Calvillo—. ¡Dos puntos simétricos perforando la yugular! ¡Y esa palidez que lo envuelve! ¡Parece como si no le quedara ni una gota de sangre en todo el cuerpo! 

Mientras Calvillo especulaba con sus teorías sobrenaturales, Jáimez había ido vaciando la bolsa de mano que portaba el difunto. 

—Atienda, Calvillo —sentenció Jáimez, señalando un pastillero semanal que había encontrado entre sus pertenencias—. Calculo que este pobre hombre tendrá unos setenta años y una salud precaria, por la cantidad de medicación que tomaba. De hecho, entre algunos informes médicos que llevaba encima, he encontrado esta hoja de dosificación de acenocumarol.

 —¿Y para qué sirve ese fármaco? —preguntó Calvillo.  

 —Es un anticoagulante, más conocido por el nombre comercial de sintrom— le aclaró Jáimez—. Su ingesta diaria puede favorecer que una simple herida no pare de sangrar. Ahora observe este soporte del decorado: el del murciélago. Para sujetarlo al cable del techo, el propietario ha improvisado un gancho con una horquilla de las que las mujeres utilizan para hacerse un moño: una de esas piezas de acero con doble punta sin protección alguna en los extremos.

—¿Y una simple horquilla puede ser tan letal, señor? 

—Lo que le resultó letal, mi buen amigo, fue su extremada fragilidad capilar y una reacción refleja, un simple instinto ante el sobresalto —explicó Jáimez—. Al salvar el vagón el desnivel del raíl, el soporte cedió y el decorado osciló como si fuese un péndulo; las puntas de la horquilla terminaron clavándose en la carótida justo cuando el hombre se asomaba. El tratamiento con acenocumarol terminó por empeorar las cosas, pues la herida no pudo obstruirse por sí sola. La hemorragia produjo un hematoma interno masivo que derivó en ese shock hipovolémico que explica su extrema palidez. 

—Me ha dejado usted muerto, Inspector... si me perdona la poco afortunada expresión.

—Pues ya ve que no fue obra de ningún vampiro, sino de una pieza de hierro mal ajustada, una irregularidad en el trayecto y un tratamiento médico que no admite errores —concluyó Jáimez—. Vaya comunicando a la Central que el caso queda cerrado, Calvillo. Y como ya son las doce y acabo mi turno, me voy al bar de ahí enfrente a tomarme un buen vino de Rioja con un pincho de tortilla; tanto hablar de sangre me ha dejado un mal sabor de boca.



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