Recuerdo que este poema lo parí con inmenso dolor hace muchos, muchísimos años. Pero, sin saber deciros el porqué —quizás por pudor—, nunca lo compartí. Y ha sido a raíz de publicar mi última entrada, ayer mismo en este blog, cuando decidí que había llegado el momento en que este humilde soneto viera al fin la luz.
Guardo un imborrable recuerdo de mi infancia: la mano de mi abuelo Pablo agarrando la mía. Y detrás de aquella mano, su sonrisa. Cuando la abuela Araceli murió, aquel gesto alegre se desdibujó en su rostro. Y no fue hasta que mi abuelo enfermó que, en su lecho de muerte, creí ver aquella misma sonrisa florecer de nuevo en sus labios...
Yo sé por qué la vida derramada,
cubierta de esperanza, emprende el vuelo…
Y entiendo que la muerte es tu consuelo
al verte aquella paz en la mirada.
Tu alma, de su nombre tan preñada,
esgrimes intachable con tan celo,
que, curiosa, a los balcones del Cielo
la Corte Angelical está asomada.
A aquella tierna Rosa enamorada
que Dios, con su bondad, plantó en el suelo...
a aquella que Él después tomó prestada,
a aquella Flor buscabas con anhelo.
Y en esa eterna Nube Inmaculada
ya juntos van la abuela y el abuelo.

Comentarios
Publicar un comentario
Déjame aquí tu sueño,
y soñaremos los dos...