Por fin el gran misterio quedó resuelto; nunca fue magia, sino pura hambre. En realidad, los calcetines perdidos no los extraviaba la lavadora: terminaban en el incansable estómago del Monstruo del Armario.
Y ahora que yo lo había descubierto, el muy descarado se vino arriba. Me dijo que, puestos a elegir, los de lana auténtica eran mucho más saludables; mejores que los que yo usaba, de poliéster barato, que le producían un ardor de estómago insoportable.
Y ahora que yo lo había descubierto, el muy descarado se vino arriba. Me dijo que, puestos a elegir, los de lana auténtica eran mucho más saludables; mejores que los que yo usaba, de poliéster barato, que le producían un ardor de estómago insoportable.
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Déjame aquí tu sueño,
y soñaremos los dos...