La lluvia, fina e implacable, diluía los contornos de la ciudad hasta convertirlos en una acuarela difuminada. A través del reflejo borroso de un escaparate, Ella adivinó una bufanda de cachemira, de un tono azul cobalto, que le arañó la memoria y le produjo un escalofrío que erizó su piel.
Él cruzaba la plaza, mirando hacia el suelo, distante, como una silueta anónima entre otras cien. Ella se quedó inmóvil, observando como su figura a lo lejos se iba empequeñeciendo, transformándose en una mancha oscura que se acabo fundiendo con el gris. La bufanda azul era ya solo un punto desvaneciéndose. Entre el ruido de la lluvia balbuceó su nombre: un murmullo inaudible que apenas terminó de pronunciar.
Y mientras el presente la recuperaba de nuevo, un viejo dolor, más mitigado que entonces, volvió a arraigarle en el pecho. Y entonces pensó que era extraño que un color, una calle, un anodino día lluvioso cualquiera, pudiera abrir de par en par la puerta de un ayer que Ella consideraba ya tan bien cerrado.
