La Única Memoria Intacta

 

Después de pasar todo el día en casa del abuelo, la despedida era una tormenta de besos. «Como vas corriendo, te doy un extra», me decía. «Así conservas alguno cuando llegues a casa». Y yo siempre conservaba alguno. Al llegar a mi portal y tocar mi mejilla, no sentía el simple tacto: sentía el mismo olor a café y a madera vieja de la sala del abuelo, la misma luz del atardecer que había dejado atrás. Los besos no se conservaban en la piel, sino en el alma. Y esa fue su gran enseñanza: el beso nunca desaparecía porque estaba hecho de amor, algo que la vida no podía desgastar. Era, de todos, el recuerdo que menos iba a envejecer.