Cada semana llegaba una bolsa nueva. Ella las apilaba en su vestidor como si fuesen trofeos: Shein, Shein, Shein... Ya no importaba que la blusa fuera de puro poliéster, que la talla de las zapatillas de running fuese como para su hija adolescente, o que los botones brillantes se quedaran a vivir en la lavadora a la segunda colada. Lo importante era el carpe diem, vivir el instante: abrir el zip de la bolsa, probarse la prenda, subir un selfie, cerrar el zip, guardar la prenda... Se convertía en un ciclo perfecto.
Todo transcurría sin problemas hasta que, en el último pedido, no llegó la ropa. En su lugar, la joven encontró unas pequeñas tijeras, sin instrucciones. Las agarró, dudó un brevísimo instante y lloró; lloró durante un buen rato. Después, ya recompuesta, fue cortando en pedacitos la blusa de Shein que llevaba puesta. Y al final, debajo de aquella última capa de poliéster, descubrió algo que hacía mucho tiempo había olvidado: volvió a sentir el cálido frío de su propia y exclusiva piel.
Si te gustó también puedes leer El Ecosistema Shein (I).
%20-%20LAS%20PALABRAS%20INSOLENTES.jpg)
¡Genial! El consumismo, lo fácil que es comprar quien tiene con qué y las ganas de encubrir vacíos con cosas.
ResponderEliminarVolvió a sentir en su piel, esperemos que de allí a todo su ser.
Abrazos.
Hola, Sara.
EliminarYo también deseo que aquello que sintió en su piel fuese algo más que frío. De corazón lo espero.
Un Abrazo!!