DESDE EL 7 DE FEBRERO HASTA EL 15 DE MARZO PUEDES VOTARME EN EL CONCURSO DE POST 2009 YDB

Vota en el Concurso de Posts 2009 YdB Desde aquí os animo a participar en las votaciones, cliqueando en la anterior imagen. Yo participo personalmente con tres de mis post, pero os aseguro que disfrutareis con decenas de excelentes trabajos. Todos ellos los podréis encontrar en este enlace. Os doy las gracias a todos.
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domingo, 14 de marzo de 2010

Cuéntame un Cuento










- ¡Cuéntame un cuento, mamá!

- Ya es tarde, mi vida, y mañana tienes que madrugar...

- ¡Por favor, mamá, sólo uno! ¡Prometo que luego me dormiré!

- Está bien, hijo, está bien, pero uno cortito: sí... Veamos... Erase una vez...

- ¿Por qué los cuentos empiezan todos igual, mamá?

- No sé hijo, siempre ha sido así.

- Pero mamá, ¿por qué nunca se delimitan los tiempos? ¿Por qué ese cuento no pudiera comenzar narrando En aquel invierno del año...?

- Puede que esa intemporalidad, precisamente, sea lo que los haga más perecederos, cariño...

- Sí, mamá, en cierto modo tu explicación es lógica. Continua...

- A ver... Erase una vez, un enanito...

- ¿Un enanito? Cuando hablas de un enanito ¿te refieres a un hombre de corta estatura, de talla inferior a la media normal, o propiamente a un enano, genéticamente hablando?

- No sé, hijo, supongo que un enanito siempre será un enanito. A lo mejor era un gnomo...

- ¿Un gnomo? ¿Has dicho un gnomo? ¡Ah! Entonces esta es otra historia; ahora tendré que volver a situarme.

-Vaya.. A ver sí... Esto era una vez, un enanito que no era feliz.

- ¿No era feliz en ningún sentido, mamá?

- ¿Cómo en ningún sentido? No era feliz, simplemente.

- ¿Pero por qué no era feliz mamá? ¿Quizás tenía problemas con su pareja? ¿Quizás lo acosaban los Trolls de hacienda? ¿Tal vez se sentía marginado por su estatura?

- No sé, hijo, no sé: intentaba inventarme el cuento conforme te lo narraba... ¡Hace ya tanto tiempo que no te contaba uno! Por cierto, ¿cuándo me dijiste que volvía tu esposa del congreso?

- Pasado mañana, mamá. ¿Por qué me lo preguntas?

- Por nada, mi vida, por nada... Pensaba que la debes de extrañar mucho. Yo también la echo de menos, muchas veces. ¡Es tan buena persona!

- Sí, mamá, claro que la extraño... ¡Cómo no! Pero a tu lado consigo olvidar hasta la edad que tengo. ¡Acércate y dame un beso, mamá!

- Claro, hijo... Voy a arroparte y dejaremos que el cuento descanse hasta mañana.

- Buenas noches, mamá. Déjame la lamparita encendida... ¿Cómo era aquello que me decías entonces?

- Que los ángeles velen la cabecera de tu cama, corazón...

(..........)

-¡Mami!

- ¿Olvidaste algo, tesoro?

- Olvidé decirte que te quiero mucho, mucho, mucho...

- Yo también te quiero mucho, hijo... ¿Cómo no voy a quererte?






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Este microrrelato está dedicado a todas las mamás del mundo. Pero en especial a la de mi esposa, que hace tan sólo unos días se olvidó de vivir... Aún siendo como soy padre de cinco hijos, tengo la completa certeza de que no existirá nadie tan capacitado como vosotras para hacer comprensible en su totalidad la posible irracionalidad de este texto. Aún siendo como soy padre por cinco veces, entendedme si os digo que envidio vuestra peculiaridad genética: no aquella que os permite engendrar, sino aquel particular vínculo afectivo que desde vuestra condición de madres os unirá por siempre a vuestros hijos. Yo, aunque me pese, jamás lo podré gozar.

Como entenderéis, retorno por necesidad a mis ausencias... Gracias, siempre.










lunes, 8 de marzo de 2010

La Conjura










Todo comenzó en la oficina: mi jefe siempre andaba criticándome, obviando mis evidentes valores, juzgando subjetivamente todas mis acciones y negando la razón a cualquier iniciativa innovadora que le exponía. Me vigilaba inquisidoramente mientras revisaba el correo electrónico de mi esposa, o cuando la telefoneaba a casa, para comprobar si permanecía allí. Aquel seguimiento no tenía nada que ver con mi rendimiento en el trabajo: sé que se había posicionado en su favor. Recuerdo cuando se la presenté en aquella cena de empresa; me quedó bien marcado aquel brillo lascivo tatuado en su mirada... Terminó por despedirme, el muy imbécil. Nunca encontrará otro trabajador como yo.

Después empezaron a aflorar los problemas en casa. Cuando la cartera retorna vacía siempre acaban surgiendo: se reproducen como virus, y ya todo se torna mucho más cuestionable. Antes de perder mi empleo sólo manteniamos pequeñas discusiones sin importancia, escollos vanales, lo normal a lo que cualquier pareja suele enfrentarse a diario. Siempre por culpa de ella: nunca aceptó que los hombres somos hombres, y que necesitamos una libertad que le es implícita sólo al propio hombre. Me recriminaba que cada noche regresase tarde del bar... Pero todo estaba planificado: lo hacía intencionadamente, para sorprenderla de una puta vez cometiendo alguna infidelidad. Ella me lo había negado siempre, pero no podía creerla. La mujer es una mentirosa innata: es algo históricamente comprobable. Por eso empecé a regresar cada vez más tarde. No es que volviese bebido... Lo normal. Los hombres necesitamos confraternizar, intercambiar puntos de vista, para sobreponernos de muchas cosas. Las mujeres no entienden esto: son mujeres, al fin y al cabo. Pero jamás conseguí desenmascararla a tiempo: creo que alguien la telefoneaba a casa en cuando me ausentaba de aquel local de copas.

Una noche me dijo que no soportaba más aquella situación... A mí, que le he regalado todo cuanto ha poseido en esta vida: una posición, un nombre, unos hijos, incluso una dignidad como persona... Me juró que se marcharía de mi lado, y que los arrastraría en su huida del hogar. ¡A mis hijos! Le di su merecido, estaba histérica, tenía que hacerla recuperar el juicio: la mierda hay que barrerla siempre de puertas para adentro. Cualquier otro hombre en mi lugar hubiese hecho lo mismo. Cualquier otro hombre, digo. Nadie tenía que saber que me había equivocado, que erré al casarme con un mal bicho. Los niños empezaron a llorar, y a gritarme que la dejara en paz: no hay nada más nocivo que el veneno de una madre. Tuve que castigarlos también: tiene que haber alguien en esta casa que se ocupe de rehacer lo deshecho. Tienen que aprender, para que el día de mañana no se desmoronen cuando se enfrenten a la vida. Tienen que aprender quién es el que tiene la razón. Tienen que aprender a ser hombres-hombres.

Llegó el juicio; llegó el divorcio. Me robaron la casa, con todo lo que poseía de valor, y me negaron la custodia de mis hijos. Sé por qué el juez dictaminó a su favor: era un ser arrogante y afeminado. Cada vez soy más consciente del complot orquestado en mi contra.

Ultimamente empecé a tomar más copas de lo habitual: a esta situación me condujo aquella mala pécora. Ya no sólo lo hacía por las noches: había días en que perdía la noción del espacio, del tiempo. Pero las circunstancias me habían obligado a ello. Beber me anima a sobreponerme de esta sinrazón, me ayuda a olvidar. Una noche me arrojaron a golpes del bar que frecuentaba, sin motivo: yo no tuve la culpa de aquella pelea, fue aquel tipo con traje que me miraba mal. Se lo merecía. Quizás también sea conocido de ella... Todo el mundo se ha posicionado en mi contra. Echo de menos a mis hijos. Sé que ellos también me echarán de menos a mi. Si no vienen a verme, si no me llaman siquiera por telefono, es seguramente porque ella los está obligando a olvidarme, a no tener contacto conmigo. Por eso cogí el coche aquella misma noche dispuesto a volver a casa: eso es, a mi casa, porque nunca dejó de serlo. Quería hablar de nuevo con mi mujer de todas estas cosas; y de muchas más. Eso es, con mi mujer, porque nunca ha dejado de serlo tampoco. También deseaba hablar con mis hijos, y llevármelos de allí, a la fuerza si era preciso. Tenían que conocer la sucia maniobra que han urdido contra su padre. Seguro que lo entenderían. Es una maldita conjura. Todos se empeñan en llevarme la contraria. Incluso aquella indeseable gentuza que circulaba por la autovía en sentido contrario, deslumbrándome, mientras yo volvía a casa. No podrían conmigo: estaba decidido a romper con todo. Tenía que prevalecer la razón...

Ahora ya conoce la auténtica verdad, señor juez: la única verdad. Apelo a su condición de hombre... Aunque intuyo que jamás llegará a creerme, porque usted es igual que ellos: que mi jefe, que mi esposa, que aquellos conductores muertos... Su satánica mirada me regala el mismo destello insano que me dedicaron todos ellos... No me importa, tengo un buen abogado, un hombre-hombre de los de siempre. Me ha prometido que todas estas acusaciones quedarán finalmente en nada; que cuando presente las circunstancias atenuantes que ha preparado, quedaré en libertad. Y será entonces cuando pueda retornar a casa, para reconducir mi matrimonio. Será entonces, más temprano que tarde, cuando todo vuelva a la normalidad...









lunes, 1 de marzo de 2010

¡Zapatero Encarcelado!








Este microrrelato participó en Las Palabras Encriptadas de Calados hasta los versos.



¡Zapatero encarcelado! ¡Zapatero encarcelado!

Ante la mirada atónita de los contados viandantes, que aún no terminaban de salir de su asombro, el muchacho que repartía la gaceta matutina vociferaba a los cuatro vientos la increíble noticia. Como si en aquel acto, que repetía reiteradamente cada amanecer, se jugase una vez más la vida. O su pan diario, en realidad. Las perezosas callejas de la ciudad comenzaron a bostezar sus puertas y postigos, curiosas ante la inverosímil noticia con la que despertaban al nuevo día. ¿Encarcelado? Debía tratarse de alguna cruel broma; o en todo caso de una lamentable confusión. Aquel buen hombre, al que todos conocían y apreciaban, no podía ser el mismo al que referían en aquel titular de prensa...

¡Zapatero encarcelado! ¡Zapatero encarcelado! El mismo Rey en persona fue quien lo mandó arrestar!

La noticia corrió como la pólvora: la codicia se encargó de cercenar de cuajo la impoluta reputación que hasta entonces se había ganado a pulso aquel hombre.

En la trastienda de la zapatería, los soldados del Rey habían descubierto una habitación semitapiada donde aquel canalla mantenía retenidos a más de veinte duendecillos, a los que hacía trabajar en condiciones deplorables y sin remuneración.

Los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, sumamente contrariados, decidieron reescribir el final de su historia. Lamentablemente, fue la original la que llegó hasta nuestros días.







martes, 23 de febrero de 2010

Será Ella




Foto: Niebla en el Parque - Xavier Fargas





Me nombras en la distancia
y acudo,
cuando las sílabas aún no afloraron a tus labios.

Quieto, mudo, distante,
te observo
(como la presa medrosa)
sin intentar tan siquiera disfrazar
el pánico que me viste;
sin traspasar ese palmo
de silencio, de palabras,
que me vas delimitando
con tus ojos, con tus labios.

Me nombras en la distancia...
Tan de lejos, tan capaz de tus actos,
de tu voz,
que franqueas, sin quererlo,
enormes muros;
kilómetros…

Te asesino junto a mí,
silencio,
porque ella me oiga.
Pero aquella nunca escucha:
sólo se quiere escuchar.
Porque está llamando a otro,
aunque me nombre a mí.














lunes, 15 de febrero de 2010

El Encargo




Foto: Låt den rätte komma in (Déjame entrar, Suecia, 2008)




Este microrrelato participó en Las Palabras Encriptadas de Calados hasta los versos.


En mano firme, la afilada hoja refulgió su plata bajo aquel sol de justicia, antes de calar en profundidad el palpitante cuello de la víctima; justo hasta su empuñadura. El cuerpo malherido, colgando cabeza abajo de la rama de un árbol, comenzó a convulsionar anárquicamente mientras la sangre fluía a borbotones de la degollada garganta; como un vivo aspersor de muerte. En mitad de la nada, el muchacho retrocedió unos pasos hacia atrás, y dejó caer el arma al suelo. Allí, sin apartar la vista del cadáver, fue a tragarse su propio vómito.

Hubiese sido más piadoso apuñalar directamente el corazón; y lo sabía. Pero todo el clan miraba, y tenía que obedecer las órdenes: el patriarca no quería que nada fallase en su bautismo de fuego, aquella tarde de noviembre que inauguró la primera matanza del cerdo del año.






viernes, 12 de febrero de 2010

El Eterno Dilema Entre El Ser y El Estar








Cada una de las palabras que cohabitan en nuestro vocabulario goza de una entidad social propia. La vida en soledad de cada término debería acabar enriqueciéndose cuando decide coaliarse para constituir una frase. Y llegados a este punto, conformada ya la oración, sería sensato pensar que el valor intrínseco que cada palabra aporta individualmente para tal fin pudiera verse alterado en pro del bien común de la estructura finalmente constituida. Por este razonamiento lógico, la disyuntiva lingüística entre un no y un no sé debería de marcar siempre la diferencia dialéctica entre un monólogo y un diálogo.

Pero esto era algo que nunca habían entendido en aquella casa de locos. Quizás porque habían cursado sus estudios en la rama de ciencias; o tal vez porque ni lo habían hecho. Y así rodaban las cosas.









miércoles, 10 de febrero de 2010

Naufragio




Foto: Playa Serena (Cristiandelosrios)





En un desenfrenado vaivén, entre incontrolables carcajadas de espuma, la lengua del mar lamía, devoraba bajo su falda, la playa virgen del acantilado. En el cenit de la tempestad, los gritos de la excitada tormenta ahogaban el alarido del fustigador vendaval.

Tras el embravecido temporal sobrevino la extasiada calma. Tras la interminable noche, el sosegado amanecer... Y entre aquellas sábanas de arena, inertes, los restos condonados del naufragio nos vinieron a recordar la impredecible voluptuosidad de la madre naturaleza.













domingo, 7 de febrero de 2010

Mi Amigo Willy



Foto: Hamster in hand - Keith Pomakis




Dedicado a la creativa Sechat...



Hace años tuve el capricho de comprar un hámster. Escogí, entre un tropel de inquietos algodoncitos, a un apacible roedor blanco: un macho europeo estilizado y noble, suave de pelaje y de conciencia. Me enamoré de él, la verdad. Y adquirí también una hermosísima jaula de dos pisos, último modelo, a estrenar; un lujoso apartamento dónde el animal pudiera acomodarse a placer. Mi vecina Sophie decía que Willy -que así acabé llamándole-, era decididamente tonto, porque jamás había osado morder a sus dos sobrinos -dos potenciales psicópatas-, a pesar de que en alguna ocasión que les dejé jugar con él ciertamente lo merecieran. Pero la preferencia que el roedor mostraba por el descanso diurno le salvaba, en buena medida, de un drástico destino.


Además, el animalillo parecía disfrutar con su soledad; incongruentemente se le intuía feliz, o al menos resignado en aquella cárcel de aluminio. Por eso no sé que me indujo a suponer que, al igual que nosotros los humanos, quizás también Willy necesitara relacionarse con otros congéneres de su especie. Decidí entonces abanderarme de Celestina, y opté finalmente por comprarle un pariente hembra tricolor. Acompañé al nuevo lote con una casita de plástico: sería una buena idea que ambos, dentro de la amplitud de aquel hogar, gozaran de un rinconcito más íntimo. Bauticé a la nueva inquilina con el apelativo de Rata. Sí, oyeron bien: Rata. El carácter arisco y pendenciero que mostraba con sólo acercarte a observarla no me inspiró mejor nombre. El caso es que, conforme fueron transcurriendo los días, la complicidad entre la pareja se iba haciendo más evidente: si los observabas de madrugada los veías jugando al pilla-pilla, turnándose para ejercitarse en la hámster-rueda, o transportando comida de una esquina a otra del habitáculo en sus hinchados abazones. Horas después, cuando despuntaba el alba, amanecían finalmente acurrucados dentro de su pequeña casa. Era, a su medida, una típica relación de pareja.










Todo parecía ir perfecto en aquella diminuta historia de amor... Hasta que la hembra quedó preñada. Aquel particular afecto -permitidme llamarlo así- que hasta entonces Rata había manifestado hacia Willy, tornó, para infortunio del macho, en un desapego total. Así transcurrieron dos semanas, hasta que sobrevino el parto... Y todo evolucionó, ajustándose a la Ley de Murphy, a peor. Aquel alejamiento primario desembocó en una relación agresiva y dominante por parte de la madre primeriza hacia Willy. Acumulaba aquella, dentro de su casita, todo el avituallamiento que yo les servía generosamente a diario, de manera que el hogar plástico se alzaba ahora sobre un matizado montón de variopintas semillas donde se adivinaban, con cierto esfuerzo, las crías del malogrado matrimonio. La figura paterna de Willy no tenía ya cabida en aquel hogar. De hecho, varios días antes del parto, ya había sido desalojado entre feroces mordiscos.


Un amigo veterinario me había recomendado retirar al macho de la residencia compartida antes de que se produjera el alumbramiento, pues al parecer algunos tienen la extraña costumbre de devorar a los recién nacidos. Salvando con respeto su criterio profesional, jamás hubiese imaginado eso de Willy. Sin embargo terminé sacándolo de la jaula, precisamente porque presentía que era su vida la que corría peligro, pero en ningún momento la de los demás. El ratoncillo blanco, a partir de entonces, pareció resentirse por aquella humillación. Sé que puede pareceros irrisorio, pero los síntomas que manifestaba el animal no se alejaban de aquello que pudiéramos sentir los humanos: dejó de alimentarse, la tonalidad de su hermoso pelaje comenzó a decaer, y ya no se prestaba a jugar ni sólo ni acompañado. Fue abandonándose a la apatía, hasta que una tarde murió. Le di un digno entierro, bajo el mejor de mis geranios.

Sé que tal vez a vosotros no os inmute el relato de un ratón. Pero a mí, cada vez que regresa a mi memoria, siempre acaba sobrecogiéndome. Y me siento triste; triste e impotente. Igual que debe sentirse un gato hambriento, mientras hurga entre las bolsas de basura de un sex shop. Al fin y al cabo fui yo quien presentó a Willy a su novia. Por eso me juzgo, en cierto modo, responsable de aquel malogrado desenlace. Que afloren a partir de ahora vuestras propias conclusiones, que cada cual organice su particular moraleja: libres sois de elucubrar. Yo, por mi parte, ya concluí la propia: mientras que mi vecino Jacques continúe enriqueciéndose en sus viajes al extranjero, yo insistiré en mis obligadas visitas nocturnas al dormitorio de Sophie. Hasta entonces, nada serio. Porque al final va a ser cierto eso que dicen del la confianza y del asco...




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NOTA: Este relato fue publicado por primera vez en mi anterior blog, el día 5 de Junio de 2009. Hoy lo reedito, por el especial cariño que siempre le he profesado. Además de ser el último post que publiqué, antes de mi despedida, guarda un triste secreto: todos los personajes que en él intervienen son ficticios, salvo sus dos verdaderos protagonistas... La historia en sí es real, la viví, y os la conté tal como sucedió.












miércoles, 3 de febrero de 2010

Un Premio y Un Mal Llamado Poema









Hoy, día 3 de Febrero de 2010, este Cajón de Sueños llamado Las Palabras Insolentes ha sido elegido Blog del Día. Y curiosamente ha sido ahora, cuando cumple un año desde que inició su bautismo de fuego por estas tierras. Este reconocimiento que hoy se me brinda ha significado todo un honor. Un privilegio, sin duda, que no sería tal si no fuese por vuestra presencia. Por eso es de justicia que os dedique este premio y esta entrada, ya que considero que una gran parte os pertenece: a todos aquellos que, de puntillas o a viva voz, habeis pasado por aquí en alguna ocasión para acompañarme; para soñar conmigo. Os puedo asegurar que nada de lo que alguna vez hayais podido encontrar aquí hubiera tenido sentido sin vuestra complicidad.

El Premio que otorga la Web Premios Blog del Día lleva implícita una pequeña entrevista que, si os apetece leer, encontraréis en este enlace. Os aviso que, cuando se trata de mí, suelo ser parco en palabras. Por eso esta vez no iba a ser menos.


Y para que este post no resulte tan soso como egocéntrico, se me ha ocurrido engarzar unas cuantas de palabras al azar, con lo cual ha resultado el siguiente mal llamado poema por si os apetece perder aún más vuestro tiempo:



¡Elevadme! ¡Aun más alto!
¡Qué arriba me encuentro ahora!
Ya no veo el monte gris
del que me hablabas ayer.
Ni esas aguas cristalinas
(que nunca lo fueron, ¿sabes?)
donde mis ojos te vieron
reflejada la sonrisa.
¿Dónde habitan esos árboles
que, en otoño, vestíamos
a capricho desde abajo?
¿Y dónde nuestros ayeres,
y mañanas…? ¿Dónde tú?
No te veo desde el trono
de papel donde os observo.
Decid, ¿dónde fuisteis todos?
No percibo aquellos trajes
con ojos, dedos y brazos
(mas no sé si con cabeza)
que me encumbraron tan alto.
¿Dónde fueron? ¿Dónde fuiste?
Solo logro ver las nubes
que danzan marcando círculos
coronando mi cabeza.
Ni siquiera las estrellas,
que cantaban nuestras noches
desde arriba, ahora observo.
¡Por Dios! ¿Qué locura es ésta?
¡Bajadme, yo os lo suplico:
no quiero ser ya más alto,
más alto que mi cabeza!



Gracias a todos por vuestra infinita paciencia.




jueves, 28 de enero de 2010

Los Casos de Jáimez: Violación










Dedicado a la amiga Arwen,
y a sus palabras encriptadas.











- ¿Y en que paraje dice usted que apareció aquel cadáver desnudo, señor inspector?

- En una de las sierras más emblemáticas de la subbética cordobesa, amigo Calvillo. Precisamente me encontraba allí por azar, asistiendo a las nupcias de un compañero de promoción que tenía promesa de casarse en el santuario de su patrona. Terminada la ceremonia, y cuando ya descendiamos por otra ruta paralela para celebrar el almuerzo en el pueblo, detuve mi coche instintivamente al observar varios vehículos oficiales aparcados en el arcén de la carretera.

- Supongo que era el lugar donde se había cometido el crimen, pero ¿Se evidenciaba el cuerpo desde allí?

- No. Realmente permanecía oculto, agazapado entre unos arbustos de romero y rodeado de chaparros. Fue descubierto casualmente por unos vecinos que preparaban un perol familiar aquel domingo. Por cierto, Calvillo, no dije que el cadáver apareciera desnudo... En realidad éste se encontró semidesnudo, con los pantalones y la ropa interior recogidos a la altura de los tobillos.

- ¡Pobre mujer, que shock debió sufrir su familia! ¡Exigiría la cárcel de por vida para todos esos canallas violadores!

- ¿Por qué ha presupuesto el sexo del difunto? ¿Quién ha mencionado que el cuerpo fuese el de una mujer? Tenga usted paciencia, y no se anticipe como siempre al transcurso lógico de mi historia.

- Perdone, inspector: es que tal como me la venía narrando, he imaginado como se sucedía la escena con todo lujo de detalles...

- Atienda usted Calvillo, y no me interrumpa más de manera tan gratuita. El cadáver, en realidad, pertenecía a un varón: un hombre alto y corpulento, más bien entrado en carnes. Y en lo único que tengo que darle la razón es que todos los indicios que hallamos en un primer reconocimiento visual apuntaban a una posible violación. Además de aparecer desvestido, el cuerpo presentaba evidentes signos inflamatorios y hemorrágicos alrededor del ano, además de un gran hematoma a nivel del escroto. Por otra parte había sufrido una tremenda contusión a la altura del hueso parietal derecho, lo que evidenciaba una fractura abierta en esa misma zona. Pero lo que finalmente iba a resultar más esclarecedor fue la piedra que atesoraba aferrada a su mano izquierda: aún conservaba restos orgánicos sanguinolentos. Ya le digo: todas las primeras pistas apuntaban directamente a un abuso consumado, que supuestamente terminó convertido en un cruel asesinato. Un lamentable final para aquel infortunado hombre, que parecía haber querido defenderse a toda costa.

- Al menos aquellos restos biológicos, los que permanecían adheridos al pedrusco, serían una prueba determinante para demostrar la autoría del homicidio. Se conoce que el infeliz consiguió, en último término, herir a alguno de sus agresores.

- Claro, Calvillo. Y esa fue precisamente la primera conclusión a la que llegamos in situ, sin analíticas de por medio. Pero había algo en aquella estampa campestre que no acababa de convencerme... Algo de aquella escena me resultaba evocadoramente familiar; pero no conseguía determinar que demonios era.

- Un déjà vu en toda regla.

- En cierto modo así fue. Por eso, mientras aguardábamos la llegada del forense y del juez, que andaban practicando las diligencias de un suicidio en una pedanía cercana, continué indagando por mi cuenta. Así descubrí un pequeño reguero de sangre, e interpreté que la víctima llegó a desplazarse unos metros desde el lugar primario de la agresión hasta que finalmente se desplomó en el suelo. Deshice pues aquel hipotético camino, y finalmente mis pesquisas me condujeron hasta el verdadero emplazamiento de los hechos. Y fue allí, a modo de flashback, dónde empecé a vislumbrar la verdad.

- Encontró allí nuevas pruebas inculpatorias.

- Puede decirse que sí, Calvillo, y acabé reconstruyendo el incidente en su totalidad. Pero antes de revelarle la solución del enigma, permítame que le haga una pequeña confidencia...

- Pues usted dirá, Jáimez.

- Cuando acudo como invitado a una boda eclesiástica nunca asisto a la ceremonia en sí. Espero a que los novios suban hasta el altar, después salgo a la calle, busco el bar más cercano, y allí aguardo finalmente, entre cerveza y tapita, a que concluya el rito.

- !Tres cuartos de hora inmejorables!

- Pues bien, justo al lado de aquella ermita, y formando parte del mismo edificio, hay un pequeño local donde sirven los mejores caracoles en salsa de toda la comarca... Un delicioso plato, se lo puedo asegurar. Un poco pasados de pimienta, eso sí, pero realmente exquisitos. Este fue el primer dato que enlacé directamente con aquella extraña muerte. Calculé que habían transcurrido unas 24 horas desde que se produjo la misma, por lo que ésta debió suceder entre las 12 y las 15 horas del día anterior. El vehículo de la víctima se hallaba incrustado en el arcén, posicionado con miras hacia el pueblo. Siendo así, no cabía otra posibilidad más que viniera de la ermita; y más concretamente del pequeño refugio gastronómico, puesto que el santuario, al parecer, solo abre los domingos cuando se celebra algún enlace. Sin embargo aquel local, según leí en un cartel que cuelga de su puerta de entrada, sí que lo hace a diario. Aquel hombre volvía por tanto de allí, y tengo la completa seguridad de que había estado ingiriendo caracoles la mañana del sábado. No tendría sentido que recorriese los diez kilómetros que distan desde el pueblo hasta la sierra, si no fuese para degustar la especialidad de la casa.

- Su deducción es más que certera...

- Pues aún puedo decirle más, Calvillo: podría casi jurarle que ingirió una cantidad inusual de caracoles. Ya le dije que el aspecto físico que presentaba el difunto era el de un hombre corpulento y obeso. Una persona que seguramente no moderaba su alimentación, ni en calidad ni en cantidad. Sume a esto una casi segura gastritis, y añádale el estreñimiento, síntomas ambos consecuentes a su sobrepeso.

- Me he perdido, inspector... ¿Dónde pretende llegar con los dichosos gasterópodos?

- ¡La pimienta, amigo, la pimienta!

- ¿La Pimienta? ¿Qué pimienta?

- ¡La pimienta con la que el generoso cocinero aderezaba los caracoles! Aquel condimento le terminó de fastidiar el estómago a aquel hombre.

- ¿Y?

- ¡Joder, Calvillo! ¿Para que le sirve esa pequeña materia gris que rellena anárquicamente su cráneo? Fue el motivo que le hizo detenerse con presura en aquel preciso lugar. Recuerde que le insinué que su vehículo apareció incrustado en el arcén... Aquel pobre hombre detuvo con prisa su coche porque no aguantaba más. Y esto ya le situó en la misma escena del crimen.

- Se le descompuso el vientre...

- Llámelo como quiera. El caso es que se bajo apresuradamente del automóvil, buscó un lugar cercano y se dispuso en cuclillas para evacuar.

- Fue el momento en que lo atacaron aquellos canallas.

- Sí, fue en aquel preciso momento. Pero tengo que corregirle: en realidad el agresor fue sólo uno.

- ¿Sólo uno?

- Sí. Incluso le diré el nombre, porque lo conozco: Timon Lepidus.

- ¡Lo sabía: tenía que ser un extranjero!

- ¡No sea animal, Calvillo, y no me saque conclusiones tan precipitadas y racistas! ¿Recuerda que antes le comenté que había algo en aquella escena que no me convencía? ¿Recuerda que algo me resultaba familiar? Entonces acudió como un golpe a mi memoria: hemorroides... Hemorroides externas trombosadas.

- ¿Almorranas?

- Sí, Calvillo, una trombosis en las almorranas. Eso era lo que aquel buen hombre padecía, muy acorde también con el estreñimiento sufrido por su obesidad. Mi suegro las soportó en cierta ocasión, y aquella era la imagen que no conseguía recordar. Los condimentos picantes, como la pimienta, aumentan también el dolor en esta zona. Después, una casualidad llamada Timon Lepidus hizo el resto.

- Por favor, inspector Jáimez, ¿quiere explicarme de una vez quién es ese tipo?

- No se trata de ninguna persona. Es el nombre científico del Lagarto Ocelado, un reptil muy común en aquellos parajes. Aunque su dieta son principalmente los insectos, a veces también se alimenta de la carroña.

-¿Quiere decirme que el lagarto mordió sus almorranas?

- Así fue. El Timon mordió sus hemorroides trombosadas mientras aquel hombre permanecía en cuclillas.

- ¡Ah! Ahora entiendo entonces lo de la famosa piedra. Con ella mató al animalito.

- No, Calvillo; no hizo falta ninguna piedra. El tremendo dolor le hizo perder el equilibrio y se sentó bruscamente en el suelo, aplastando como consecuencia al pobre lagarto. Eso fue lo que descubrí, mientras curioseaba entre sus excrementos a unos metros del cadáver. Después se incorporó, y la sinrazón le hizo correr sin fortuna hacia el coche, ya que no recordó primero subirse el pantalón que colgaba a la altura de sus tobillos... Su irreflexiva huida se vio truncada por aquellos grilletes de tela: trastabilló, cayó al suelo, y fue a golpearse mortalmente en la cabeza. Ahí tiene el caso resuelto.

- Y entonces, ¿de quién eran aquellos restos orgánicos con sangre que encontraron en la dichosa piedra?

- Calvillo, no sé por qué aún me sigue sorprendiendo su falta de sagacidad... El día que le coja un apretón de vientre sin papel higiénico a mano y en mitad del campo, procure llevar encima su nombramiento de funcionario del cuerpo. Seguro que jamás podrá encontrarle mejor utilidad.












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