domingo 8 de noviembre de 2009

El Objetivo









Fecha: 8 de Noviembre de 2059.
Lugar: La Tierra.


Debíamos de partir al alba, sin más demora. Dos Compañías de nuestro mismo Batallón habían tratado de alcanzar el objetivo algunas horas antes, pero su tentativa, desdichadamente, resultó infructuosa. Así, en esta ocasión, fue el propio General en persona quien salió a despedirnos antes de nuestra marcha:

- Sois jóvenes, y soy consciente de ello. Aunque también lo eran vuestros compañeros, los que os precedieron en esta ardua operación… ¡Pero ellos se entregaron con osadía hasta las últimas consecuencias, defendiendo un ideal en el que siempre habían creído! También sé que la formación que habéis recibido no ha sido la más completa, la más acorde con el objetivo que deberéis de cumplir. Aunque para mí la veteranía tampoco ha significado nunca mayor grado. Me consta ante todo que sois soldados de valía, y que estaréis dispuestos a entregaros con arrojo hasta la muerte. No lo espero, lo sé. Las primeras órdenes de esta misión ya debéis de conocerlas; el destino, por ahora, seguirá siendo un alto secreto. Se que os alegrará conocer que el Capitán Sthick será quien os tutele hasta el final. También él os completará los últimos detalles, llegada la hora. ¡Soldados: cumplan con honor su cometido! ¡Flagelo siempre flagela!

Emocionados, coreamos al unísono el saludo a la Compañía del Gran Flagelo Azul, y aguardamos ansiosos el instante preciso en el que Sthick debía de indicarnos el inicio de aquella larga jornada. Nadie hubiera podido cuantificar la adrenalina que debía estar fluyendo es esos instantes con total libertad por mi organismo, pues el corazón parecía querer dinamitarme el pecho en cien mil trocitos minúsculos.

Transcurrieron tres ciclos de tiempo completos, y a una señal de nuestro Capitán, irrumpimos a toda prisa en aquel húmedo y lóbrego pasadizo que parecía no tener fin. A partir de entonces nuestra progresión fue un continuo ascenso por aquella abrupta cima. Fue allí donde muchos de los nuestros empezaron a quedarse rezagados… Para siempre.

No se habían cumplido aún quince ciclos, cuando la luz de aquel insufrible hueco fue abriéndose como el amanecer de un día estival, dándonos paso a una insólita gruta de dimensiones algo más desahogadas. Llegados a este enclave, Sthick dispuso hacer un alto en el camino para pasar a detallarnos la nueva situación:

- Aquí están vuestras últimas órdenes: necesitamos invadir la Zona C. Ese es nuestro objetivo. Y debe ser esta misma noche. Mañana todo esfuerzo será ya en vano. Será suficiente si uno solo de nosotros consigue franquear las cubiertas protectoras de la misma. Si logramos hacerlo podremos considerar esta misión como un completo éxito. De los demás, nunca se sabrá nada: ninguno regresará con vida al campamento base. Los ciclos temporales durante los cuales hemos estado expuestos a esta atmósfera viciada , son suficientes para iniciar la degeneración progresiva de nuestra materia corpórea. Y ya habéis comprobado en muchos de vuestros compañeros que el proceso resulta irreversible ¿Alguien quiere hacerme alguna pregunta?

Nunca el silencio pudo resultar tan lacerante. Entonces el Capitán se puso en pie, y alargando la mano derecha hasta la altura de su frente fue girando la cabeza para saludarnos en grupo por última vez. Después, dispuso que continuáramos con la marcha tras de él.

Y así lo hicimos. Siete unidades de distancia más adelante, logramos distinguir la entrada de la trompa de Falopio derecha de Carol; el óvulo, quedaba poco más allá...





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Aquella insólita gripe de indecible nombre que asoló el planeta a principios del siglo XXI, había hecho estragos entre la población masculina: el 95% de los varones quedó estéril. Así, bajo el auspicio de los gobiernos mundiales, nacieron las figuras de los Inseminadores Sociales, que trabajaban diariamente a destajo para compensar aquella virilidad diezmada. Todo resultó inútil.












martes 3 de noviembre de 2009

¡Silencio, Por Favor!









Dedicado a Polidori.









- ¿Está aquí el doctor de guardia?

- Sí, agente: yo soy el enfermero, ¿qué es lo que ocurre?

- Nos han avisado por teléfono al cuartelillo: una señora intenta despertar a su padre que está encamado, pero no consigue que éste le responda.

- ¿Sabe usted si aquel hombre respira?

- Es lo primero que le hemos preguntado, pero ella dice que no tiene estudios para determinar eso. Si quieren tenemos ahí fuera el coche patrulla, así que pueden acompañarnos y les abriremos el paso hasta el lugar.

Avisé sin dudar al médico, para no hacerles esperar. Mi compañero cogió su fonendoscopio y su talonario de recetas (¿?), y yo agarré un pequeño maletín con medicación. Corría el año 1985, y por aquel entonces sólo había un equipo sanitario de guardia en aquel ambulatorio, así que no era habitual salir a la calle si no se trataba de una verdadera urgencia. Las heridas y cortes se atendían en la contigua Casa de Socorro; y a los accidentados de tráfico los recogía una ambulancia que los trasladaba directamente al hospital, sin mediar atención de ningún tipo. Sino era finalmente, y por desgracia, el propio vehículo de pompas funebres quién tuviera que hacerse cargo del servicio. Además, no se atendían avisos por teléfono, de manera que algún familiar del solicitante tenía que acudir personalmente a firmar nuestra salida para que pudiéramos justificar la misma en caso de que ocurriera algo en nuestra ausencia. No disponíamos de ambulancia propía, de desfibrilador o de electrocardiógrafo. En realidad no recuerdo que tuviésemos ni siquiera un ambú. El caso es que acudimos sin demora hasta el domicilio requerido, casi con lo puesto, y entramos en aquella casa vociferando, y a toda prisa.

- ¿Dónde está el paciente?

- ¡Aquí! ¡Sigan rectos hasta el fondo! -escuchamos desde muy lejos.

Y atravesando sin pausa un largo y estrechísimo pasillo llegamos hasta el último dormitorio de la casa. Allí nos encontramos el cuerpo de un varón anciano, que yacía pétreo en una cama de matrimonio, con la casi certeza visual de llevar muchas horas ya fallecido. La que dijo ser su hija, en apariencia ajena a la realidad del cuadro, permanecía en una esquina de la habitación con las manos en los bolsillos de su bata, apoyada en la pared y extrañamente serena.

- ¿Cuánto tiempo lleva así? Vaya, me refiero a sin poder moverse... -preguntó cauto mi compañero de guardia.

- No sabría que contestarle -titubeó la aún no oficialmente huerfana-. Anoche decidió acostarse muy temprano, porque decía que no se encontraba bien. Es que yo duermo en otra habitación, con mi madre, que está paralítica desde hace un año.

El médico, girándose hacia mí, vino a obsequiarme con una mantenida mirada de poker, mientras levantaba el rígido brazo de aquel cuerpo inerte para controlar su inexistente pulso. Después, con una solemnidad exquisita, extrajo un fonendoscopio del bolsillo de su americana, desabrochó uno de los botones del pijama del cadáver, y mientras se agachaba para auscultarlo me dijo en voz baja:

- Por favor: ve tomándole la tension.

Yo, colocado justo en el lateral contrario de la cama, obedecí sin rechistar, a pesar de que sabía exactamente cuales iban a ser las cifras sistólica y diastólica de aquel paciente.

- No consigo oir nada -puntualicé al minuto. Pensé que era la mejor respuesta que podía darle delante del familiar.

- Carga entonces una ampolla de Efortil y se la inyectas intravenosa -me replicó el galeno.

Así lo hice con diligencia. El ambiente que se respiraba en aquella habitación tornaba tenso por momentos. La hija continuaba expectante en su reservada esquina; mi compañero muy pendiente de la evolución de mi trabajo; y yo, con la paciencia al límite, pensando en cómo concluiría finalmente aquella disparatada historia. Cuando finalicé la técnica me puse en pie, y ambos volvimos a cruzar la mirada, para mantenerla así durante algunos segundos. De pronto, el médico se volvió hacia la mujer para decirle:

- Mire, señora, hemos hecho todo lo humanamente posible por su padre. Ahora, lo único que resta es esperar -y girándose hacia un enorme ventanal que se hallaba frente por frente de la cama, prosiguió explicándole-. Hay demasiada luz aquí: sería deseable bajar esa persiana, y después correr totalmente las cortinas. Así, sin ruido y con la habitación en penumbras, el paciente reposará más tranquilo- y él, personalmente, lo hizo. Después, mirando con atención su reloj de pulsera, continuó aconsejándola.- Mire, señora: son ahora las diez y media... Sería prudente que aguardáramos un par de horas más, para esperar la bondad del tratamiento. Mientras tanto, usted me lo va observando de vez en cuando. Nosotros, como usted comprenderá, debemos de marcharnos ya: el servicio de urgencias está sólo, y tenemos la obligación de atender a todo un pueblo. Buenos días, señora...

Cuando iniciamos el retorno con dirección a la calle, aquella mujer, que ni siquiera se había movido de la esquina donde se apoyaba, nos interrogó serenamente con curiosidad:

- Y entonces, señor doctor, si dentro de dos horas mi padre continua igual, ¿vuelvo a llamarles de nuevo?

El médico, ya desde el pasillo de salida, giró un instante la cabeza para sentenciar:

- Si eso ocurre, señora, sería más prudente que avisara con diligencia a la funeraria del pueblo.

Volvimos los cuatro en el coche patrulla hasta el ambulatorio, sin mediar una sola palabra. Al salir del vehículo dimos las gracias a la policia por su colaboración. Ya, bajando la rampa que daba acceso a la puerta de entrada del servicio de urgencias, el médico detuvo sus pasos y se giró hacia mí, consciente de que yo necesitaba algún tipo de explicación:

- Lo siento, pero no puedo remediarlo: nunca encuentro el momento preciso para dar una mala noticia.










miércoles 28 de octubre de 2009

Secuestro Express




Foto: Maniatado - Por Kosedu


No recordaba quién era, ni cómo pudo llegar hasta allí. No conseguía recordar nada. Lo mantenían maniatado a un sillón: esa era la única realidad de la que creía ser consciente en aquella habitación sin luz. Intentaba razonar; tenía que razonar... Buscar algún motivo que pudiera justificar aquel claustrofóbico sinsentido. Pero no conseguía recuperar ninguna información que vertiera algo de luz sobre su inmediato pasado. Estaba confuso; y sus ideas, a modo de caótico flashback, terminaban agolpándose en su memoria como si quisieran salir apresuradamente por la boca de un embudo. ¡Dios, como le dolía la cabeza! Alguna droga, pensó... Sí, han debido forzarme a ingerir alguna droga. Eso debió ser. Por eso se encontraba tan débil, como si su cuerpo fuera completamente ajeno a las órdenes que el cerebro se obstinaba en dictarle. Y además se sentía húmedo. Húmedo y sucio... El miedo, a veces, juega estas malas pasadas. Creyó escuchar unos pasos firmes que se acercaban hasta aquella habitación. Permanecería quieto y en silencio, aguardando el momento preciso para defenderse y poder huir. Alguien libera una de sus manos: es el momento de actuar. Se abalanza sobre aquella difuminada figura, forcejean y consigue arañarla en la cara. Su improvisación ha merecido un castigo: vuelven a atar sus muñecas. ¡Dios mio! ¿Nunca acabará esta maldita pesadilla?

La joven captora, sangrando, se aleja hasta un cuarto de aseo contiguo. Solloza, mientras revuelve su neceser buscando unas gasas con las que cubrir la herida de su rostro. Saca el móvil de su bolsillo y realiza una llamada. Su interlocutor escucha paciente cómo le increpa a voces, que ya no puede soportar más esta situación, que hay que sacar a aquel hombre de allí.

Carla siempre presumió de su gran entereza mental: jamás le había desbordado ninguna situación límite. Por eso concluyó que estaba preparada para controlar aquel nuevo desafío. Su rostro, desencajado, aparenta más edad de la que realmente merece. Su humor ha cambiado en todo este tiempo. En realidad nada es igual desde hace tres años: justo a partir de aquel instante en que a su suegro le diagnosticaron aquella maldita enfermedad de Alzheimer.
























miércoles 7 de octubre de 2009

Punto de Inflexión








No era un inocente ejercicio de convivencia: aquella insostenible realidad amenazaba seriamente el malherido equilibrio de su salud mental. Los gritos, los insultos, las miradas hirientes, vejatorias... Los susurros velados de los vecinos en el rellano. ¿Cuántos días más alcanzaría a soportarlo? ¿En cuantas ocasiones más volvería a engañarse a si misma? Terminó siendo consciente de que él jamás llegaría a cambiar: su condición distaba mucho de la propiamente humana.

Posiblemente hubieran existido muchas otras salidas... Pero Laura llegó a un punto de no retorno que negaba el respiro a su razón. Aún contaría con dos horas hasta que los niños regresaran del colegio, pensó, mientras aceraba con la chaira el mejor de sus cuchillos de cocina...

La familia al completo, reunida alrededor de la mesa, reverenció el exótico sabor de aquel estofado. Sólo la irónica sonrisa de la cocinera perfiló momentáneamente en sus labios aquel especial ingrediente secreto.

No era domingo, pero los chicos intuyeron que algo grato debían de celebrar. Ninguno de ellos se percató de la puerta entreabierta de la jaula. Sólo el gato, paciente voyeur durante años, extrañó egoístamente la ausencia del grosero pajarraco.







. . . . . . . . . . .










Hace tiempo que quiero hilvanar
la botonera de mi camisa celeste...
Pero necesito el tiempo,
y necesito el hilo,
y encontrar la propia camisa, que no sé dónde guardé.


Volveré cuando la encuentre;
o cuando ella me encuentre a mí.

Os echaré de menos.












domingo 4 de octubre de 2009

El Sentido de la Vida




Foto: El Pensador - Rodin




Dedicado, como no, a Buscador de Buscadores.





Cuando finalmente alcanzó a comprender cuál era el sentido de su vida, llevaba soportando en soledad varias horas muerto.

Demasiado tarde, pensó, para que alguien acabase creyéndolo.











miércoles 30 de septiembre de 2009

Las Madres de la Guerra




(Foto: Madre inmigrante - Dorothea Lange, 1936)



Hace algunos años, a las puertas de un servicio de salud cualquiera, un joven vociferaba a su madre, increpándola con frases incoherentes. Acababan de salir de la consulta de salud mental, donde el muchacho acudía a sus revisiones periódicas. La madre, exhibiendo en todo momento una paciencia infinita, sin quebrantar su ánimo ni un ápice y con la ternura más exquisita aflorando en sus labios, intentó convencer a su hijo, hasta que éste se tranquilizó. Aquella escena me sobrecogió durante varios días de tal manera que de ella nació este poema... Esta es la particular guerra de muchas madres, sin otras armas que el amor desmedido por sus hijos...





Las madres de la guerra

vacían sus pechos

de luna nueva.



¡Madre,

hornéame pan de estrellas!



Las madres de la guerra

acunan sus toscos

vientres de higuera.



¡Madre,

arrúllame en un poema!



Las madres de la guerra

doblegan sus cuerpos

de cal y arena.



¡Madre,

ven y reposa a mi vera!



Las madres de la guerra,

con sangrantes dioses

de barro, sueñan.



¡Madre,

quiero montar un cometa!



Las madres de la guerra

desnudan sus almas

bajo la tierra.



¿Madre,

cuando será Nochebuena?










sábado 26 de septiembre de 2009

Los Casos de Jáimez: Microbiofobia








Dedicado a Vangelisa.







- Las fotografías no invitan a la duda: fue una muerte ciertamente insólita. ¿No opina usted lo mismo, inspector Jáimez?

- Bueno, Calvillo, yo no emplearía un término tan selectivo: en todo caso llamémosla curiosa... Porque hoy por hoy, en medicina forense, nada queda relegado al caprichoso azar. Aquel desgraciado accidente no dejó de tener nombre y apellidos.

- No le entiendo, inspector, ¿se refiere a la identidad del asesino?

- Verdaderamente no existió ningún asesino, físicamente hablando, aunque en cierto modo podríamos llamarlo así. En realidad la causa que indirectamente lo condujo al fallecimiento tiene asignado un complicado nombre científico: microbiofobia.

- ¡Demonios! ¿Qué palabreja dijo?

- Microbiofobia. Es un término técnico que en medicina identifica a aquellos pacientes que padecen un miedo irracional a ser contaminados por los microbios. En cierto modo el que la padece denota un paradójico desconocimiento, pues muchos de esos microbios nos ayudan precisamente a sobrevivir. Parece ser que Héctor, que así se llamaba el cadáver, siempre había tenido una personalidad introvertida, fruto de una total carencia de afectividad trás la muerte de su madre. Cuando la dirección de su empresa decidió trasladarlo desde un tranquilo barrio salmantino hasta Madrid, sus manias se agravaron, terminando por hacerse más evidentes. No pudo adaptarse a la estresante vida de la capital, ni a convivir rodeado de tantísima gente. Fue entonces cuando empezó a preocuparse excesivamente por el contagio; cuando empezó a molestarle el contacto directo con cualquier persona o cosa... Todo le resultaba siempre nocivo. Terminó haciendo de aquella obsesión un estilo de vida: lo que pensaba, lo que hacia, lo que sentía, todo pasaba necesariamente por su exclusivo tamiz. Empezó a utilizar guantes de látex como parte de cualquier rutina, de manera que finalmente sólo prescindía de ellos para lavarse escrupulósamente las manos y enfundarse otros nuevos.

- ¡Pues menudo elemento tan raro, inspector!

- No lo crea, Calvillo, no lo crea... Le sorprendería conocer la cantidad de gente que sufre de fobias muchísimo más extrañas. El caso es que aquella obcecación casi le lleva a perder el juicio. Finalmente, aconsejado por el médico de su empresa, acudió a un reconocido gabinete de salud mental. Durante varios meses estuvo siendo tratado con hipnoterapia, psicoterapia y programación neurolingüística.

- ¿Y aquellas sesiones hubieran terminado sanándolo por completo?

- En realidad estuvo marcando notables avances, hasta casi alcanzar el objetivo que previamente le habían fijado. Dejó progresivamente de usar guantes por cualquier cosa, lo cual mejoró también la dermatitis irritativa que sus manos estaban empezando a sufrir. Pero, aconsejado por aquellos renombrados expertos, aún le quedaba por superar su gran prueba de fuego.

- Me tiene usted en ascuas, Jáimez: no interrumpa su relato, por favor...

- Para terminar de vencer por completo aquel injustificado miedo a los gérmenes, le aconsejaron que debía de mantener relaciones sexuales completas. Una satisfacción que Héctor jamás había tenido el placer de disfrutar.

- ¿Y quién se brindó de partenaire para el agradable experimento?

- Otro obstáculo más en aquel tortuoso camino: no quería una prostituta para romper el hielo. Finalmente aquel último escollo se superó con la pareja ideal, y todo tuvo una feliz solución. Bueno, feliz o tremendamente desdichada, según cómo se mire, pues aquel regocijo carnal, después de una abstinencia de años, fue lo que acabó matándolo.

- ¿De Placer?

- No, no, nada que ver con el placer: un shock anafiláctico de libro, según afirma el informe del forense. Aquella reiterada obsesión por cubrir sus manos con guantes, mantenida durante años, fue curiosamente la que lo arrastró a la tumba. Su sistema inmunológico acabó generándole una alergia al látex.

- ¿Al látex? ¿Usó finalmente guantes durante su relación carnal?

- No, no fue precisamente en sus manos donde utilizó el látex.

- ¡Jajaja...! Perdone que me ria, inspector, pero fue entonces el preservativo, claro está...

- No. Tampoco usó protección alguna en aquella, su primera relación sexual.

- Pues me deja entonces perplejo y sin argumentos. Además no alcanzo a entender cómo, después de tantos años obsesionado con el contagio, no llegó a usar un simple condón.

- No le fue necesario. La pareja perfecta que Héctor escogió para perder su virginidad física y moral era, precisamente, cien por cien de puro látex.









jueves 24 de septiembre de 2009

En Espera...










Mientras termino de adecentar mi próxima entrada (Un microrrelato sobre una muerte en extrañas circunstancias que "el Inspector Jáimez" viene de investigar) podéis leer si os apetece este pequeño microrrelato que me ha publicado Arwen del blog "The Shoaked Hearts" y que podréis encontrar en el siguiente enlace. Se trataba de hacerlo con las tres palabras que proponían. Espero que os guste.

Por otra parte me alegra recibir este premio que la amiga LaMar, del maravilloso blog El Interior Secreto me acaba de hacer llegar.

Aprovecho también la ocasión para entregar otros premios que, mea culpa, por pereza y nunca por ingratitud, dejé aparcados hasta mejor ocasión. Estos premios en su día me los concedieron otras estupendas amigas blogueras como son Dama Blanca del blog Fábrica de Sueños, Susurros Mortales del blog Pasión Oscura, Poemas de mi Alma del blog Cálido Amor, Gabriela Maiorano del blog Gabriela Maiorano Reflexiones, y la propia LaMar.

Cómo no soy amigo de reglas, y la primera y única vez que posteé uno y las seguí tuve una mala experiencia que no viene al caso contar, dedico todos estos premios a mis seguidores y amigos, tengáis o no blog, y a todos cuantos alguna vez habéis tenido que ver directa o indirectamente con este proyecto de sueños:


Mar, F osca, Leni, Poemas de mi alma, Geles Calderón, Lady Death, Juan, Ave Mundi Luminar, Prometeo, Aurora, Maripaz, Lizzyh, Blis, Angelical, Herodes, Carmen de Ronda, Alejandra, Diario de nuestros pensamientos, Aristides Echauri, Cristina, Fher, Alex, Silvia, Salva, Carmen María Hérnandez, Víctor Buono, Cristina, Loose, María no digo apellidos, Maribel, Dama Blanca, Susana Parra, Marcelo Romano, Darina Silverstone, Deborah, Anónimo, Mawa, Acuarela, Vivienne, Mercedes Pérez, Dark Vampire, Osquieroatodos, Elba, Amanecer, Canela, Charlie.S., Carlos Oliveros, Estopa, Ramón García, Gizeh Wilde, Flor de Acantilado, Blanco, LaMar, Deep Loving Feelings, Ale, Isis, Onalem, Anica, Polidori, Anxo, Vir, Pluma de Fuego, Demofila, Violeta, Héctor, Buscador de buscadores, Josune, Valentina G., Alejandro, Marisol, Srta. Bye, Gabriela Maiorano, Forbbiden, Literatura Barata, Perikiyo, Alalba, Verónica, Elena, Deigar, Scrins, Susurros Mortales, Cristina, La Casera, Ariadna, Preste Juan, Abismo , Angus; Rafaella di Mielli, Eurice , Vivi, Vangelisa, Ladrón de Versos, 1Mati, *Sechat*, Katy, Toro Salvaje, Rosna, Silencios, Alexia y Anónimos.

Siento si me he dejado alguno atrás: que se considere merecedor de igual forma. Los Premios los encontraréis aquí más abajo. Perdonadme si no os lo comunico personalmente blog por blog a cada uno, pero entended que es una labor que requiere un tiempo del que ahora no puedo disponer. Coged los que queráis u os gusten: uno, todos o ninguno. Sólo me basta con que sepáis que os los entrego a todos de corazón.



Premio Valores: Inocencia







Premio Gratitud








Premio Fantasía







Premio Amantes de lo Prohibido









Premio Mágica Inspiración








Premio Este Blog es una Joya







Premio Blog de Oro












domingo 20 de septiembre de 2009

Definitivamente, dudo




Foto: Mujer Dudando - Croquetita




Dedicado a aquellas mujeres
que destrozaron su vida
intentando ser felices
con la persona equivocada.






Cuando La Duda, preñada de conjeturas, amaneció vomitando una minúscula certeza, entornó los ojos con repugnancia, giró su cabeza hacia un lado, y concluyó tirando de la cadena. Resetear la dignidad alivió momentáneamente su estómago; y le permitió, al menos, continuar recelando unos meses más. Justo hasta el inevitable ocaso.









jueves 17 de septiembre de 2009

La Autopsia




(Rembrandt - Lección de Anatomía)






- ¡Gasas!

- Gasas...

- ¡Escalpelo!

- Escalpelo...

Con la habilidosa precisión del mejor delineante, el médico forense acabó dibujando con el bisturí una impecable línea recta en el céreo torso del cadaver. Después, una vez delimitado el mismo en dos fracciones prácticamente idénticas, balbuceó algo ininteligible a su ayudante, sin abandonar en ningún momento la estricta vigilancia sobre aquel cuerpo inmóvil.

- Perdón, ¿qué fue lo que me pidió, doctor?

- ¡La sierra, enfermera, la sierra! ¿En qué diablos está usted pensando? ¡Pásemela de una maldita vez, y vaya preparando los separadores para el tórax!

- ¿...?

- ¿Es que no me he expresado bien?

- Carlitos, mi amor...

- Sí, querida...

- ¿No puedes olvidar de una vez por todas tu antiguo trabajo en el hospital? Desde que te jubilaron estás francamente insoportable... Este jueguecito tuyo de la autopsia, cada vez que comemos pollo, ha llegado definitivamente a hastiarme. De hecho seré yo quien termine de desmenuzarlo sola, o nos encontraremos almorzando cualquier otra cosa. Mientras tanto, ve troceando tú algunas patatas.

- Está bien, querida.

- Por cierto, Carlos, no vuelvas a colocar todo el material que has usado en la necropsia dentro del lavavajillas. Sabes que odio mezclar tus juguetitos con la cubertería de casa.

- Sí, querida, lo sé, lo sé. Y sabes que lo siento. Pero no puedo cambiar la rutina mantenida durante años de un día para otro. Tendrías que ser más tolerante conmigo; continuar ofreciéndome tu apoyo, hasta que consiga superar esta maldita deformación profesional. A cambio, no obstante, me gustaría pedirte un favor.

- Dime, cariño... Sabes que siempre podrás contar conmigo.

- La próxima vez que nuestros instintos sexuales más básicos confluyan análogos a la misma hora y en el mismo lugar...

- ¡Oh, Carlos, que artificial se muestra tu frase!

- ... ¿Podrías entonces, querida, intentar hacerte la muerta mientras se complete todo aquel proceso fisiológico?

- ¡Caaarlooooos!

- Sí, querida, sí: voy a trocear esas patatas...











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