DESDE EL 7 DE FEBRERO HASTA EL 15 DE MARZO PUEDES VOTARME EN EL CONCURSO DE POST 2009 YDB

Vota en el Concurso de Posts 2009 YdB Desde aquí os animo a participar en las votaciones, cliqueando en la anterior imagen. Yo participo personalmente con tres de mis post, pero os aseguro que disfrutareis con decenas de excelentes trabajos. Todos ellos los podréis encontrar en este enlace. Os doy las gracias a todos.
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jueves

Campanadas de Nochevieja









Nunca le había gustado usar ropa interior. Por eso, tras recoger su vestido hasta más arriba de la cintura, ella fue a recostarse desnuda sobre su espalda, dejando descansar sus esculturales nalgas muy cerca del borde de la cama. Después agarró con su mano derecha el racimo de uvas que había preparado sobre la mesita de noche, y le fue arrancando una a una hasta un total de doce, colocándolas de manera que formaran una perfecta hilera que atravesaba de norte a sur todo su abdomen. Yo, acercándome hasta su pubis rasurado, fui rodeando con mis brazos sus tersos muslos, para acabar separándolos de golpe, como si abriera con desazón una vieja tenaza oxidada. En ese momento repicaron los primeros cuartos en el reloj del televisor. Ella se quejó entonces, y vino a recordarme el bramido de un toro maltrecho antes de afrontar su última suerte. Aquello me excitó aún más. Después, hundiendo sus codos en el colchón, fue incorporándose lentamente de forma que aquellas voluptuosas esferas iniciaran su sinuoso recorrido vientre abajo, hasta llegar a mis labios, que acabarían finalmente saboreando aquella sensual cena improvisada mientras ella escanciaba a placer una botella de cava sobre mi cabeza.

¡Donnnng! ¡Donnnng! ¡Donnnng! ...

¿...? ¿Tres?

- ¿Te ocurre algo, Carlos?

- Nada, Juan... Nada. Otra maldita pesadilla con mi ex como cruel invitada. Perdona si te desperté. Intentemos retomar el sueño: aún restan cuatro horas más hasta que amanezca.

Mis músculos estaban entumecidos, y sentía mucho frío. Aunque todo estaba oscuro, intuí como de lejos un grupo de transeuntes se felicitaba por la entrada del nuevo año. Sólo me consoló pensar en el café con leche caliente que aquel uno de enero nos ofrecerían como desayuno en el albergue de Cáritas.





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Quisiera pediros disculpas por no visitaros desde hace tiempo, ni contestar a vuestros comentarios, ni recoger vuestros premios. Y quiero pedíroslas, porque sin duda las merecéis. Soy víctima de una contrariedad sin la menor importancia, pero que me seguirá impidiendo durante un tiempo indeterminado retomar mi habitual ritmo en estos lares. Gracias a todos por vuestra compresión.

¡Os Mando Mis Mejores Deseos Para El Año 2010!








sábado

Los Casos de Jáimez: Muerte Súbita




(Muerte Súbita - Ximena Medina, 2004)





- Así lo certificó el acta de defunción: Exitus por muerte súbita. El forense no encontró nada extraño, a pesar del minucioso reconocimiento que tuvo que practicar al cadáver. Bueno, faltaría a la verdad si obviase un pequeño detalle, pues en realidad si que surgió algo inusual en el examen del cuerpo: decenas de puntos hemorrágicos sembrados anárquicamente por todo el pericardio. Técnicamente se les llaman petequias. Nada, en último término, a lo que el facultativo pudiera darle una explicación científica. Posiblemente un sufrimiento del corazón, previo a la parada cardíaca, pero no relevante para el caso. Llegados a este punto, por tanto, no quedaba ya ninguna duda sobre la causa del fallecimiento. Ya le digo, una muerte súbita en toda regla.

- De hecho, inspector Jáimez, hablamos de un varón sano, sin factores de riesgo conocidos ni antecedentes familiares destacables. No hubiese sido lógico pensar en ningún otro diagnóstico.

- Lo sé, Calvillo, lo sé... Sin embargo de este caso emanaba un tufillo extraño que me hizo presagiar algo más allá de las hipótesis de trabajo puramente científicas. Podríamos decir que tuve una extraña intuición: llamémosla metafísica, si quiere, pero algo a fin de cuentas que escapaba a mi razón.

- ¿Realmente no hubo entonces ningún indicio racional, inspector?

- Ninguno, Calvillo, ninguno: somos profesionales, y no debemos guiarnos por augurios clarividentes. De hecho no existía ningún sospechoso, por lo que nadie tuvo que justificar coartada alguna. Incluso Sonia, la infeliz viuda, tampoco tenía nada que ocultar. Era una mujer seria y reservada: así me la describieron sus vecinos. Nunca solía salir de casa; y cuando en contadas ocasiones lo hacía, siempre era acompañando a su esposo. Fuera de estos escarceos, ninguna vida social. Conseguí una orden judicial para registrar la vivienda, mero protocolo, aunque no llegué a descubrir nada que pudiera inculparla. Ni una pequeña evidencia que poderle imputar. A veces me sorprendo a mí mismo intentando acusar a alguien por simple necesidad. Debe ser la deformación profesional que me han impuesto los muchos años de servicio.

- Entonces, inspector, podemos hablar de un caso cerrado, ¿no?

- Ni siquiera eso, amigo Calvillo: las evidencias nos confirman que en realidad nunca hubo caso.




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La escrupulosa inspección que la brigada de la policía científica llevó a cabo en la casa del difunto sólo pasó por alto dos insignificantes detalles: a nadie le extraño encontrar, junto a la caja de la costura, aquel curioso alfiletero de fieltro con forma de muñeco; con su pequeño corazoncito atravesado por decenas de finísimas agujas. Por otro lado tampoco nadie estimó oportuno indagar en las raices haitianas de la viuda.

Cuando todos se marcharon, Sonia pudo al fin esbozar una ácida sonrisa: en un plazo no inferior a siete días extraería, uno a uno, todos aquellos mortales alfileres.

Aquel singular detalle sería la espoleta que detonara finalmente la reversión del terrorífico proceso: las neuronas de aquel cerebro muerto se reactivarían, produciendo en el cadáver una lacerante sensación de irreparable dolor. Horas después se irían sumando, uno tras de otro, los demás sentidos; justo cuando empezara a ser más evidente su avanzada descomposición. Y en último término, consciente y horrorizado, aquel cuerpo se enfrentaría durante el resto de sus días a una lenta y agónica pesadilla: la de la muerte en vida.

Una idéntica sensación a la que ella había experimentado durante los años en que sufrió, desde la primera a la penúltima, todas sus horribles vejaciones.












Geometría








Cuando el deseo se vuelve geométrico, rehuyendo la anarquía de las formas, la pasión se acomoda en su diván, exigiendo cita previa. Los besos, entonces, empiezan a olvidar su aroma; y la fugacidad del momento va transformándolos, después, en gélidos relojes de arena que desgranan con insensible dilación las horas muertas. Tristes hojas de otoño, que acaban despeñándose entre el amanecer y el alba...

Apenas recuerdo ya el paladar de tu boca.








domingo

El Objetivo









Fecha: 8 de Noviembre de 2059.
Lugar: La Tierra.


Debíamos de partir al alba, sin más demora. Dos Compañías de nuestro mismo Batallón habían tratado de alcanzar el objetivo algunas horas antes, pero su tentativa, desdichadamente, resultó infructuosa. Así, en esta ocasión, fue el propio General en persona quien salió a despedirnos antes de nuestra marcha:

- Sois jóvenes, y soy consciente de ello. Aunque también lo eran vuestros compañeros, los que os precedieron en esta ardua operación… ¡Pero ellos se entregaron con osadía hasta las últimas consecuencias, defendiendo un ideal en el que siempre habían creído! También sé que la formación que habéis recibido no ha sido la más completa, la más acorde con el objetivo que deberéis de cumplir. Aunque para mí la veteranía tampoco ha significado nunca mayor grado. Me consta ante todo que sois soldados de valía, y que estaréis dispuestos a entregaros con arrojo hasta la muerte. No lo espero, lo sé. Las primeras órdenes de esta misión ya debéis de conocerlas; el destino, por ahora, seguirá siendo un alto secreto. Se que os alegrará conocer que el Capitán Sthick será quien os tutele hasta el final. También él os completará los últimos detalles, llegada la hora. ¡Soldados: cumplan con honor su cometido! ¡Flagelo siempre flagela!

Emocionados, coreamos al unísono el saludo a la Compañía del Gran Flagelo Azul, y aguardamos ansiosos el instante preciso en el que Sthick debía de indicarnos el inicio de aquella larga jornada. Nadie hubiera podido cuantificar la adrenalina que debía estar fluyendo es esos instantes con total libertad por mi organismo, pues el corazón parecía querer dinamitarme el pecho en cien mil trocitos minúsculos.

Transcurrieron tres ciclos de tiempo completos, y a una señal de nuestro Capitán, irrumpimos a toda prisa en aquel húmedo y lóbrego pasadizo que parecía no tener fin. A partir de entonces nuestra progresión fue un continuo ascenso por aquella abrupta cima. Fue allí donde muchos de los nuestros empezaron a quedarse rezagados… Para siempre.

No se habían cumplido aún quince ciclos, cuando la luz de aquel insufrible hueco fue abriéndose como el amanecer de un día estival, dándonos paso a una insólita gruta de dimensiones algo más desahogadas. Llegados a este enclave, Sthick dispuso hacer un alto en el camino para pasar a detallarnos la nueva situación:

- Aquí están vuestras últimas órdenes: necesitamos invadir la Zona C. Ese es nuestro objetivo. Y debe ser esta misma noche. Mañana todo esfuerzo será ya en vano. Será suficiente si uno solo de nosotros consigue franquear las cubiertas protectoras de la misma. Si logramos hacerlo podremos considerar esta misión como un completo éxito. De los demás, nunca se sabrá nada: ninguno regresará con vida al campamento base. Los ciclos temporales durante los cuales hemos estado expuestos a esta atmósfera viciada , son suficientes para iniciar la degeneración progresiva de nuestra materia corpórea. Y ya habéis comprobado en muchos de vuestros compañeros que el proceso resulta irreversible ¿Alguien quiere hacerme alguna pregunta?

Nunca el silencio pudo resultar tan lacerante. Entonces el Capitán se puso en pie, y alargando la mano derecha hasta la altura de su frente fue girando la cabeza para saludarnos en grupo por última vez. Después, dispuso que continuáramos con la marcha tras de él.

Y así lo hicimos. Siete unidades de distancia más adelante, logramos distinguir la entrada de la trompa de Falopio derecha de Carol; el óvulo, quedaba poco más allá...





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Aquella insólita gripe de indecible nombre que asoló el planeta a principios del siglo XXI, había hecho estragos entre la población masculina: el 95% de los varones quedó estéril. Así, bajo el auspicio de los gobiernos mundiales, nacieron las figuras de los Inseminadores Sociales, que trabajaban diariamente a destajo para compensar aquella virilidad diezmada. Todo resultó inútil.












martes

¡Silencio, Por Favor!









Dedicado a Polidori.









- ¿Está aquí el doctor de guardia?

- Sí, agente: yo soy el enfermero, ¿qué es lo que ocurre?

- Nos han avisado por teléfono al cuartelillo: una señora intenta despertar a su padre que está encamado, pero no consigue que éste le responda.

- ¿Sabe usted si aquel hombre respira?

- Es lo primero que le hemos preguntado, pero ella dice que no tiene estudios para determinar eso. Si quieren tenemos ahí fuera el coche patrulla, así que pueden acompañarnos y les abriremos el paso hasta el lugar.

Avisé sin dudar al médico, para no hacerles esperar. Mi compañero cogió su fonendoscopio y su talonario de recetas (¿?), y yo agarré un pequeño maletín con medicación. Corría el año 1985, y por aquel entonces sólo había un equipo sanitario de guardia en aquel ambulatorio, así que no era habitual salir a la calle si no se trataba de una verdadera urgencia. Las heridas y cortes se atendían en la contigua Casa de Socorro; y a los accidentados de tráfico los recogía una ambulancia que los trasladaba directamente al hospital, sin mediar atención de ningún tipo. Sino era finalmente, y por desgracia, el propio vehículo de pompas funebres quién tuviera que hacerse cargo del servicio. Además, no se atendían avisos por teléfono, de manera que algún familiar del solicitante tenía que acudir personalmente a firmar nuestra salida para que pudiéramos justificar la misma en caso de que ocurriera algo en nuestra ausencia. No disponíamos de ambulancia propía, de desfibrilador o de electrocardiógrafo. En realidad no recuerdo que tuviésemos ni siquiera un ambú. El caso es que acudimos sin demora hasta el domicilio requerido, casi con lo puesto, y entramos en aquella casa vociferando, y a toda prisa.

- ¿Dónde está el paciente?

- ¡Aquí! ¡Sigan rectos hasta el fondo! -escuchamos desde muy lejos.

Y atravesando sin pausa un largo y estrechísimo pasillo llegamos hasta el último dormitorio de la casa. Allí nos encontramos el cuerpo de un varón anciano, que yacía pétreo en una cama de matrimonio, con la casi certeza visual de llevar muchas horas ya fallecido. La que dijo ser su hija, en apariencia ajena a la realidad del cuadro, permanecía en una esquina de la habitación con las manos en los bolsillos de su bata, apoyada en la pared y extrañamente serena.

- ¿Cuánto tiempo lleva así? Vaya, me refiero a sin poder moverse... -preguntó cauto mi compañero de guardia.

- No sabría que contestarle -titubeó la aún no oficialmente huerfana-. Anoche decidió acostarse muy temprano, porque decía que no se encontraba bien. Es que yo duermo en otra habitación, con mi madre, que está paralítica desde hace un año.

El médico, girándose hacia mí, vino a obsequiarme con una mantenida mirada de poker, mientras levantaba el rígido brazo de aquel cuerpo inerte para controlar su inexistente pulso. Después, con una solemnidad exquisita, extrajo un fonendoscopio del bolsillo de su americana, desabrochó uno de los botones del pijama del cadáver, y mientras se agachaba para auscultarlo me dijo en voz baja:

- Por favor: ve tomándole la tension.

Yo, colocado justo en el lateral contrario de la cama, obedecí sin rechistar, a pesar de que sabía exactamente cuales iban a ser las cifras sistólica y diastólica de aquel paciente.

- No consigo oir nada -puntualicé al minuto. Pensé que era la mejor respuesta que podía darle delante del familiar.

- Carga entonces una ampolla de Efortil y se la inyectas intravenosa -me replicó el galeno.

Así lo hice con diligencia. El ambiente que se respiraba en aquella habitación tornaba tenso por momentos. La hija continuaba expectante en su reservada esquina; mi compañero muy pendiente de la evolución de mi trabajo; y yo, con la paciencia al límite, pensando en cómo concluiría finalmente aquella disparatada historia. Cuando finalicé la técnica me puse en pie, y ambos volvimos a cruzar la mirada, para mantenerla así durante algunos segundos. De pronto, el médico se volvió hacia la mujer para decirle:

- Mire, señora, hemos hecho todo lo humanamente posible por su padre. Ahora, lo único que resta es esperar -y girándose hacia un enorme ventanal que se hallaba frente por frente de la cama, prosiguió explicándole-. Hay demasiada luz aquí: sería deseable bajar esa persiana, y después correr totalmente las cortinas. Así, sin ruido y con la habitación en penumbras, el paciente reposará más tranquilo- y él, personalmente, lo hizo. Después, mirando con atención su reloj de pulsera, continuó aconsejándola.- Mire, señora: son ahora las diez y media... Sería prudente que aguardáramos un par de horas más, para esperar la bondad del tratamiento. Mientras tanto, usted me lo va observando de vez en cuando. Nosotros, como usted comprenderá, debemos de marcharnos ya: el servicio de urgencias está sólo, y tenemos la obligación de atender a todo un pueblo. Buenos días, señora...

Cuando iniciamos el retorno con dirección a la calle, aquella mujer, que ni siquiera se había movido de la esquina donde se apoyaba, nos interrogó serenamente con curiosidad:

- Y entonces, señor doctor, si dentro de dos horas mi padre continua igual, ¿vuelvo a llamarles de nuevo?

El médico, ya desde el pasillo de salida, giró un instante la cabeza para sentenciar:

- Si eso ocurre, señora, sería más prudente que avisara con diligencia a la funeraria del pueblo.

Volvimos los cuatro en el coche patrulla hasta el ambulatorio, sin mediar una sola palabra. Al salir del vehículo dimos las gracias a la policia por su colaboración. Ya, bajando la rampa que daba acceso a la puerta de entrada del servicio de urgencias, el médico detuvo sus pasos y se giró hacia mí, consciente de que yo necesitaba algún tipo de explicación:

- Lo siento, pero no puedo remediarlo: nunca encuentro el momento preciso para dar una mala noticia.










miércoles

Secuestro Express




Foto: Maniatado - Por Kosedu


No recordaba quién era, ni cómo pudo llegar hasta allí. No conseguía recordar nada. Lo mantenían maniatado a un sillón: esa era la única realidad de la que creía ser consciente en aquella habitación sin luz. Intentaba razonar; tenía que razonar... Buscar algún motivo que pudiera justificar aquel claustrofóbico sinsentido. Pero no conseguía recuperar ninguna información que vertiera algo de luz sobre su inmediato pasado. Estaba confuso; y sus ideas, a modo de caótico flashback, terminaban agolpándose en su memoria como si quisieran salir apresuradamente por la boca de un embudo. ¡Dios, como le dolía la cabeza! Alguna droga, pensó... Sí, han debido forzarme a ingerir alguna droga. Eso debió ser. Por eso se encontraba tan débil, como si su cuerpo fuera completamente ajeno a las órdenes que el cerebro se obstinaba en dictarle. Y además se sentía húmedo. Húmedo y sucio... El miedo, a veces, juega estas malas pasadas. Creyó escuchar unos pasos firmes que se acercaban hasta aquella habitación. Permanecería quieto y en silencio, aguardando el momento preciso para defenderse y poder huir. Alguien libera una de sus manos: es el momento de actuar. Se abalanza sobre aquella difuminada figura, forcejean y consigue arañarla en la cara. Su improvisación ha merecido un castigo: vuelven a atar sus muñecas. ¡Dios mio! ¿Nunca acabará esta maldita pesadilla?

La joven captora, sangrando, se aleja hasta un cuarto de aseo contiguo. Solloza, mientras revuelve su neceser buscando unas gasas con las que cubrir la herida de su rostro. Saca el móvil de su bolsillo y realiza una llamada. Su interlocutor escucha paciente cómo le increpa a voces, que ya no puede soportar más esta situación, que hay que sacar a aquel hombre de allí.

Carla siempre presumió de su gran entereza mental: jamás le había desbordado ninguna situación límite. Por eso concluyó que estaba preparada para controlar aquel nuevo desafío. Su rostro, desencajado, aparenta más edad de la que realmente merece. Su humor ha cambiado en todo este tiempo. En realidad nada es igual desde hace tres años: justo a partir de aquel instante en que a su suegro le diagnosticaron aquella maldita enfermedad de Alzheimer.
























Punto de Inflexión








No era un inocente ejercicio de convivencia: aquella insostenible realidad amenazaba seriamente el malherido equilibrio de su salud mental. Los gritos, los insultos, las miradas hirientes, vejatorias... Los susurros velados de los vecinos en el rellano. ¿Cuántos días más alcanzaría a soportarlo? ¿En cuantas ocasiones más volvería a engañarse a si misma? Terminó siendo consciente de que él jamás llegaría a cambiar: su condición distaba mucho de la propiamente humana.

Posiblemente hubieran existido muchas otras salidas... Pero Laura llegó a un punto de no retorno que negaba el respiro a su razón. Aún contaría con dos horas hasta que los niños regresaran del colegio, pensó, mientras aceraba con la chaira el mejor de sus cuchillos de cocina...

La familia al completo, reunida alrededor de la mesa, reverenció el exótico sabor de aquel estofado. Sólo la irónica sonrisa de la cocinera perfiló momentáneamente en sus labios aquel especial ingrediente secreto.

No era domingo, pero los chicos intuyeron que algo grato debían de celebrar. Ninguno de ellos se percató de la puerta entreabierta de la jaula. Sólo el gato, paciente voyeur durante años, extrañó egoístamente la ausencia del grosero pajarraco.







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Hace tiempo que quiero hilvanar
la botonera de mi camisa celeste...
Pero necesito el tiempo,
y necesito el hilo,
y encontrar la propia camisa, que no sé dónde guardé.


Volveré cuando la encuentre;
o cuando ella me encuentre a mí.

Os echaré de menos.












domingo

El Sentido de la Vida




Foto: El Pensador - Rodin




Dedicado, como no, a Buscador de Buscadores.





Cuando finalmente alcanzó a comprender cuál era el sentido de su vida, llevaba soportando en soledad varias horas muerto.

Demasiado tarde, pensó, para que alguien acabase creyéndolo.











miércoles

Las Madres de la Guerra




(Foto: Madre inmigrante - Dorothea Lange, 1936)



Hace algunos años, a las puertas de un servicio de salud cualquiera, un joven vociferaba a su madre, increpándola con frases incoherentes. Acababan de salir de la consulta de salud mental, donde el muchacho acudía a sus revisiones periódicas. La madre, exhibiendo en todo momento una paciencia infinita, sin quebrantar su ánimo ni un ápice y con la ternura más exquisita aflorando en sus labios, intentó convencer a su hijo, hasta que éste se tranquilizó. Aquella escena me sobrecogió durante varios días de tal manera que de ella nació este poema... Esta es la particular guerra de muchas madres, sin otras armas que el amor desmedido por sus hijos...





Las madres de la guerra

vacían sus pechos

de luna nueva.



¡Madre,

hornéame pan de estrellas!



Las madres de la guerra

acunan sus toscos

vientres de higuera.



¡Madre,

arrúllame en un poema!



Las madres de la guerra

doblegan sus cuerpos

de cal y arena.



¡Madre,

ven y reposa a mi vera!



Las madres de la guerra,

con sangrantes dioses

de barro, sueñan.



¡Madre,

quiero montar un cometa!



Las madres de la guerra

desnudan sus almas

bajo la tierra.



¿Madre,

cuando será Nochebuena?










sábado

Los Casos de Jáimez: Microbiofobia








Dedicado a Vangelisa.







- Las fotografías no invitan a la duda: fue una muerte ciertamente insólita. ¿No opina usted lo mismo, inspector Jáimez?

- Bueno, Calvillo, yo no emplearía un término tan selectivo: en todo caso llamémosla curiosa... Porque hoy por hoy, en medicina forense, nada queda relegado al caprichoso azar. Aquel desgraciado accidente no dejó de tener nombre y apellidos.

- No le entiendo, inspector, ¿se refiere a la identidad del asesino?

- Verdaderamente no existió ningún asesino, físicamente hablando, aunque en cierto modo podríamos llamarlo así. En realidad la causa que indirectamente lo condujo al fallecimiento tiene asignado un complicado nombre científico: microbiofobia.

- ¡Demonios! ¿Qué palabreja dijo?

- Microbiofobia. Es un término técnico que en medicina identifica a aquellos pacientes que padecen un miedo irracional a ser contaminados por los microbios. En cierto modo el que la padece denota un paradójico desconocimiento, pues muchos de esos microbios nos ayudan precisamente a sobrevivir. Parece ser que Héctor, que así se llamaba el cadáver, siempre había tenido una personalidad introvertida, fruto de una total carencia de afectividad trás la muerte de su madre. Cuando la dirección de su empresa decidió trasladarlo desde un tranquilo barrio salmantino hasta Madrid, sus manias se agravaron, terminando por hacerse más evidentes. No pudo adaptarse a la estresante vida de la capital, ni a convivir rodeado de tantísima gente. Fue entonces cuando empezó a preocuparse excesivamente por el contagio; cuando empezó a molestarle el contacto directo con cualquier persona o cosa... Todo le resultaba siempre nocivo. Terminó haciendo de aquella obsesión un estilo de vida: lo que pensaba, lo que hacia, lo que sentía, todo pasaba necesariamente por su exclusivo tamiz. Empezó a utilizar guantes de látex como parte de cualquier rutina, de manera que finalmente sólo prescindía de ellos para lavarse escrupulósamente las manos y enfundarse otros nuevos.

- ¡Pues menudo elemento tan raro, inspector!

- No lo crea, Calvillo, no lo crea... Le sorprendería conocer la cantidad de gente que sufre de fobias muchísimo más extrañas. El caso es que aquella obcecación casi le lleva a perder el juicio. Finalmente, aconsejado por el médico de su empresa, acudió a un reconocido gabinete de salud mental. Durante varios meses estuvo siendo tratado con hipnoterapia, psicoterapia y programación neurolingüística.

- ¿Y aquellas sesiones hubieran terminado sanándolo por completo?

- En realidad estuvo marcando notables avances, hasta casi alcanzar el objetivo que previamente le habían fijado. Dejó progresivamente de usar guantes por cualquier cosa, lo cual mejoró también la dermatitis irritativa que sus manos estaban empezando a sufrir. Pero, aconsejado por aquellos renombrados expertos, aún le quedaba por superar su gran prueba de fuego.

- Me tiene usted en ascuas, Jáimez: no interrumpa su relato, por favor...

- Para terminar de vencer por completo aquel injustificado miedo a los gérmenes, le aconsejaron que debía de mantener relaciones sexuales completas. Una satisfacción que Héctor jamás había tenido el placer de disfrutar.

- ¿Y quién se brindó de partenaire para el agradable experimento?

- Otro obstáculo más en aquel tortuoso camino: no quería una prostituta para romper el hielo. Finalmente aquel último escollo se superó con la pareja ideal, y todo tuvo una feliz solución. Bueno, feliz o tremendamente desdichada, según cómo se mire, pues aquel regocijo carnal, después de una abstinencia de años, fue lo que acabó matándolo.

- ¿De Placer?

- No, no, nada que ver con el placer: un shock anafiláctico de libro, según afirma el informe del forense. Aquella reiterada obsesión por cubrir sus manos con guantes, mantenida durante años, fue curiosamente la que lo arrastró a la tumba. Su sistema inmunológico acabó generándole una alergia al látex.

- ¿Al látex? ¿Usó finalmente guantes durante su relación carnal?

- No, no fue precisamente en sus manos donde utilizó el látex.

- ¡Jajaja...! Perdone que me ria, inspector, pero fue entonces el preservativo, claro está...

- No. Tampoco usó protección alguna en aquella, su primera relación sexual.

- Pues me deja entonces perplejo y sin argumentos. Además no alcanzo a entender cómo, después de tantos años obsesionado con el contagio, no llegó a usar un simple condón.

- No le fue necesario. La pareja perfecta que Héctor escogió para perder su virginidad física y moral era, precisamente, cien por cien de puro látex.









jueves

En Espera...










Mientras termino de adecentar mi próxima entrada (Un microrrelato sobre una muerte en extrañas circunstancias que "el Inspector Jáimez" viene de investigar) podéis leer si os apetece este pequeño microrrelato que me ha publicado Arwen del blog "The Shoaked Hearts" y que podréis encontrar en el siguiente enlace. Se trataba de hacerlo con las tres palabras que proponían. Espero que os guste.

Por otra parte me alegra recibir este premio que la amiga LaMar, del maravilloso blog El Interior Secreto me acaba de hacer llegar.

Aprovecho también la ocasión para entregar otros premios que, mea culpa, por pereza y nunca por ingratitud, dejé aparcados hasta mejor ocasión. Estos premios en su día me los concedieron otras estupendas amigas blogueras como son Dama Blanca del blog Fábrica de Sueños, Susurros Mortales del blog Pasión Oscura, Poemas de mi Alma del blog Cálido Amor, Gabriela Maiorano del blog Gabriela Maiorano Reflexiones, y la propia LaMar.

Cómo no soy amigo de reglas, y la primera y única vez que posteé uno y las seguí tuve una mala experiencia que no viene al caso contar, dedico todos estos premios a mis seguidores y amigos, tengáis o no blog, y a todos cuantos alguna vez habéis tenido que ver directa o indirectamente con este proyecto de sueños:


Mar, F osca, Leni, Poemas de mi alma, Geles Calderón, Lady Death, Juan, Ave Mundi Luminar, Prometeo, Aurora, Maripaz, Lizzyh, Blis, Angelical, Herodes, Carmen de Ronda, Alejandra, Diario de nuestros pensamientos, Aristides Echauri, Cristina, Fher, Alex, Silvia, Salva, Carmen María Hérnandez, Víctor Buono, Cristina, Loose, María no digo apellidos, Maribel, Dama Blanca, Susana Parra, Marcelo Romano, Darina Silverstone, Deborah, Anónimo, Mawa, Acuarela, Vivienne, Mercedes Pérez, Dark Vampire, Osquieroatodos, Elba, Amanecer, Canela, Charlie.S., Carlos Oliveros, Estopa, Ramón García, Gizeh Wilde, Flor de Acantilado, Blanco, LaMar, Deep Loving Feelings, Ale, Isis, Onalem, Anica, Polidori, Anxo, Vir, Pluma de Fuego, Demofila, Violeta, Héctor, Buscador de buscadores, Josune, Valentina G., Alejandro, Marisol, Srta. Bye, Gabriela Maiorano, Forbbiden, Literatura Barata, Perikiyo, Alalba, Verónica, Elena, Deigar, Scrins, Susurros Mortales, Cristina, La Casera, Ariadna, Preste Juan, Abismo , Angus; Rafaella di Mielli, Eurice , Vivi, Vangelisa, Ladrón de Versos, 1Mati, *Sechat*, Katy, Toro Salvaje, Rosna, Silencios, Alexia y Anónimos.

Siento si me he dejado alguno atrás: que se considere merecedor de igual forma. Los Premios los encontraréis aquí más abajo. Perdonadme si no os lo comunico personalmente blog por blog a cada uno, pero entended que es una labor que requiere un tiempo del que ahora no puedo disponer. Coged los que queráis u os gusten: uno, todos o ninguno. Sólo me basta con que sepáis que os los entrego a todos de corazón.



Premio Valores: Inocencia







Premio Gratitud








Premio Fantasía







Premio Amantes de lo Prohibido









Premio Mágica Inspiración








Premio Este Blog es una Joya







Premio Blog de Oro












domingo

Definitivamente, dudo




Foto: Mujer Dudando - Croquetita




Dedicado a aquellas mujeres
que destrozaron su vida
intentando ser felices
con la persona equivocada.






Cuando La Duda, preñada de conjeturas, amaneció vomitando una minúscula certeza, entornó los ojos con repugnancia, giró su cabeza hacia un lado, y concluyó tirando de la cadena. Resetear la dignidad alivió momentáneamente su estómago; y le permitió, al menos, continuar recelando unos meses más. Justo hasta el inevitable ocaso.









jueves

La Autopsia




(Rembrandt - Lección de Anatomía)






- ¡Gasas!

- Gasas...

- ¡Escalpelo!

- Escalpelo...

Con la habilidosa precisión del mejor delineante, el médico forense acabó dibujando con el bisturí una impecable línea recta en el céreo torso del cadaver. Después, una vez delimitado el mismo en dos fracciones prácticamente idénticas, balbuceó algo ininteligible a su ayudante, sin abandonar en ningún momento la estricta vigilancia sobre aquel cuerpo inmóvil.

- Perdón, ¿qué fue lo que me pidió, doctor?

- ¡La sierra, enfermera, la sierra! ¿En qué diablos está usted pensando? ¡Pásemela de una maldita vez, y vaya preparando los separadores para el tórax!

- ¿...?

- ¿Es que no me he expresado bien?

- Carlitos, mi amor...

- Sí, querida...

- ¿No puedes olvidar de una vez por todas tu antiguo trabajo en el hospital? Desde que te jubilaron estás francamente insoportable... Este jueguecito tuyo de la autopsia, cada vez que comemos pollo, ha llegado definitivamente a hastiarme. De hecho seré yo quien termine de desmenuzarlo sola, o nos encontraremos almorzando cualquier otra cosa. Mientras tanto, ve troceando tú algunas patatas.

- Está bien, querida.

- Por cierto, Carlos, no vuelvas a colocar todo el material que has usado en la necropsia dentro del lavavajillas. Sabes que odio mezclar tus juguetitos con la cubertería de casa.

- Sí, querida, lo sé, lo sé. Y sabes que lo siento. Pero no puedo cambiar la rutina mantenida durante años de un día para otro. Tendrías que ser más tolerante conmigo; continuar ofreciéndome tu apoyo, hasta que consiga superar esta maldita deformación profesional. A cambio, no obstante, me gustaría pedirte un favor.

- Dime, cariño... Sabes que siempre podrás contar conmigo.

- La próxima vez que nuestros instintos sexuales más básicos confluyan análogos a la misma hora y en el mismo lugar...

- ¡Oh, Carlos, que artificial se muestra tu frase!

- ... ¿Podrías entonces, querida, intentar hacerte la muerta mientras se complete todo aquel proceso fisiológico?

- ¡Caaarlooooos!

- Sí, querida, sí: voy a trocear esas patatas...











domingo

Sopa de Letras (La Entrada Feliz)




(The Lady of Shalott - John William Waterhouse, 1888)



Aunque mi pasión oscura es el universo del terror cinematográfico - véase mi otro blog Más Cine, Por Favor-, nunca sueño con serpientes, ni con criaturas de la noche. Paradójicamente, cuando mi mente decide traspasar al otro lado en el espejo, nunca acaba soñando. Por eso mi disparate, mi realidad fantástica, curiosamente se nutre a plena luz del día; germina al alba, para asomarse al balcón del mundo y mirar a través de los ojos de la vida. Y muere con el ocaso de la mirada, en el atardecer crepuscular. Porque siempre, cuando habla el corazón, cae la noche.

A pesar de mi pasión por el celuloide, el despertar a esta ciudad de los blogs no lo encaminé por aquella calle cinéfila, sino por la calle melancolía; melancolía por añoranza, nunca por aflicción. Nostalgia, en sí, de cuadernos y de lapiceros de carbón; de cuartillas emborronadas y cestos rebosantes de papeles arrugados. Cierto día decidí sintonizar aquel canal nostalgia del alma, donde emiten los recuerdos de toda una vida, desde mi niñez hasta hoy, y todos fueron confluyendo en un único punto de encuentro, para quedar plasmados finalmente en este rincón, donde terminareis encontrándoos con los humildes escritos de un adicto a las letras.

Entre las gratas evocaciones, precisamente, de esa fábrica de sueños que es la infancia -aparte, naturalmente, del cálido amor familiar- recuerdo mi incipiente pasión por la lectura. Algo que sin duda influyó para la posterior creación de este blog. Y entre aquellos libros de cubiertas acartonadas y papel recio, recuerdo con especial cariño la obra cumbre de Daniel Defoe, donde al autor recreaba las andanzas de un náufrago que entretenía sus interminables horas de soledad calculando el peso de la brisa -aún siendo, a veces, brisa sin aire-, para anticiparse al huracán que finalmente acabara derribando su cabaña; o adivinando entre el musitar de las olas la figura lejana de alguna embarcación que, con buenas o peores intenciones, terminara arribando a su costa para otorgarle la muerte o la libertad. En definitiva, y haciendo una introspección bárbara hacia el interior secreto de su alma, para acabar huyendo de sí mismo; para terminar liberándose de aquel encierro, físico y espiritual, como hizo literariamente aquella medieval Dama que escapó navegando hacia Shalott.


Más allá de cualquier cosa, de cualquier inocente o endiablado escollo técnico, el dar a luz un blog siempre conlleva una responsabilidad innata: todo nacimiento es un tiempo vulnerable... Más, cuando tratamos de conjugar palabras y sentimientos que muchas veces pueden acabar siendo ajenos a la realidad del lector que los va a percibir. Siempre hay que ser preciso, tener cuidado al cruzar aquella delgada línea entre lo que se espera y lo que podemos llegar a ofrecer, no sea que aquel tiempo de las palabras, que aquella esperada comunión compartida entre el autor y el lector –permitidme llamarlo así- acabe finalmente convirtiéndose en la liturgia de las despedidas.


Yo, que venía de una corta experiencia personal en otra plataforma –alguna vez lo comenté en algún post – me sentí de pronto como si fuese una flor de acantilado que decide escapar de su entorno marítimo para correr huyendo hacia el bosque; como una flor que abandona el susurro de las sirenas –a veces con su falsa verdad- para correr a vivir entre elfos. Y sí, di finalmente el gran paso: opté por coger una día las rosas de la vida, aquellas que Pierre de Ronsard plantó en su soneto para Helena.


Y así, de un alma en retazos hilvanada con mis otras realidades nació este otro mundo: mi vida virtual. A falta de medio verso serán sólo palabras insolentes... Pero palabras , al fin y al cabo, que intentarán llegar como susurros de cristal a vuestros oídos. Y como de vosotros cada quien es cada cual, y cada uno es cada uno, sólo os pediría que no arrojarais estas palabras al abismo del olvido: acompañadlas siempre que podáis para que jamás naveguen solas en su travesía. Porque así, con vuestra cálida presencia, con vuestras enormes reflexiones, mi soledad se sentirá compartida.

NOTA ACLARATORIA:

Puestos a desvelar confidencias os revelare una: cuando decidi bautizar este blog acudieron a mi mente nombres tan sugerentes y bellos como Los Arboles de Charlie, F osca Drastica, Espacio de Eva, Poemas de Geles Calderón, Scrins, Polidori, El Blog de Oliveros, La Chica Rara de los Sombreros, Reino libre del Preste Juan, Barataria, Desaprender, No Stress pie derecho... Lamentablemente, algunos inteligentes bloggers ya se habian apropiado de ellos antes que yo; por lo cual no me quedo otro remedio que prescindir dolorosamente de su autoria.

Perdonadme, ante todo, si este galimatías lingüístico ha quedado, por momentos, algo incoherente. Pero es que resulta complicado conjugar ecuaciones tan dispares. Esto es sólo un pequeño homenaje a los que alguna vez, de una u otra forma, habéis estado vinculados a este blog; un premio sin premio, y sin ningun formalismo que cumplir. Si alguno no se encuentra reflejado por favor hacédmelo saber, y después de flagelarme cien veces (al menos), os resarciré del tremendo agravio con la mejor voluntad. Gracias a todos por vuestro apoyo y comprensión; y, sobre todo, porque alguna vez en estos tres meses de vida, con vuestras voces disteis sentido a este blog:

Mar, F osca, Leni, Poemas de mi alma, Geles Calderón, Lady Death, Juan, Ave Mundi Luminar, Prometeo, Aurora, Maripaz, Lizzyh, Blis, Angelical, Herodes, Carmen de Ronda, Alejandra, Diario de nuestros pensamientos, Aristides Echauri, Cristina, Fher, Alex, Silvia, Salva, Carmen María Hérnandez, Víctor Buono, Cristina, Loose, María no digo apellidos, Maribel, Dama Blanca, Susana Parra, Marcelo Romano, Darina Silverstone, Deborah, Anónimo, Mawa, Acuarela, Vivienne, Mercedes Pérez, Dark Vampire, Osquieroatodos, Elba, Amanecer, Canela, Charlie.S., Carlos Oliveros, Estopa, Ramón García, Gizeh Wilde, Flor de Acantilado, Blanco, LaMar, Deep Loving Feelings, Ale, Isis, Onalem, Anica, Polidori, Anxo, Vir, Pluma de Fuego, Demofila, Violeta, Héctor, Buscador de buscadores, Josune, Valentina G., Alejandro, Marisol, Srta. Bye, Gabriela Maiorano, Forbbiden, Literatura Barata, Perikiyo, Alalba, Verónica, Elena, Deigar, Scrins, Susurros Mortales, Cristina, La Casera, Ariadna, Preste Juan, Abismo , Angus; Rafaella di Mielli, Eurice y Anónimos.







miércoles

La Niña Con Vitíligo (Adivina Quién)






Mientras retorno de mi segundo turno de vacaciones permitidme esta pequeña broma, en forma de acertijo, a la que no me he podido resistir. Vuelvo a moderar la entrada de comentarios, entre otras cosas para no desvelar la respuesta hasta mi vuelta -aunque realmente es muy evidente-. Besos y abrazos a todos, y gracias por seguir ahí.





La historia va de una niña con vitíligo que tiene una infancia plena y feliz junto a su unico progenitor. El padre, que había enviudado muy joven, decide rehacer su vida con una farmacéutica 15 años menor que él. Este proceso transcurre en plena adolescencia de la menor, lo cual, unido a un fuerte complejo de electra, hace que la felicidad del entorno familiar se tambalee. La niña, en un momento dado, llama al Telefono del Menor de Asuntos Sociales, y acusa a la mujer de su padre de haber pagado para que la asesinen. La nueva esposa, tras varios e interminables juicios, acaba finalmente demostrando su inocencia ante la ley.

Al cumplir los 18 años, la niña huye del domicilio familiar, integrandose en una comunidad de varones castos y célibes que se autoabastece de la agricultura y el pastoreo en un bosque perdido del que nadie conoce ni el nombre.

Pasan los años y la comunidad se ha convertido en un matriarcado regentado por la protagonista de nuestra historia, que ha sabido impregnar a todos sus integrantes con el odio que ella siempre ha sentido por la mujer de su padre. Ésta, que precisamente había jurado ante la tumba de su marido que nunca cesaría en la búsqueda de la joven, logra dar con su paradero. Para entonces, la chica está alcoholizada y es consumidora habitual de todo tipo de drogas. Cuando se entera de la muerte de su padre, ingiere una sobredosis de benzodiazepinas y pierde el conocimiento. La farmacéutica no tiene tiempo de llamar al servicio de emergencias porque los miembros de la comuna, que han vuelto para entonces del trabajo, la descuartizan sin piedad, al pensar que aquella, con sus conocimientos profesionales, ha proporcionado algún tipo de preparado a la joven para acabar con su vida.

Casualmente, un médico recién licenciado que pasaba cerca de aquellas tierras inyecta un antagonista a la muchacha, y le practica la respiración artificial. La joven, al recuperar la conciencia, se enamora perdidamente del muchacho. Los miembros de la comunidad, considerando que al besar a la matriarca ha mancillado su salvaguardada virginidad, obligan al galeno, bajo amenaza de muerte, a que contraiga matrimonio con ella, y a que ejerza su profesión en la comunidad durante el resto de sus dias.




Nota: Esta historia que acabas de leer es tan real como la vida misma, sólo que a ti te la habrán contado cientos de veces de otra forma. Ahora, si realmente no sabes quién es La Niña con Vitíligo, la protagonista de nuestra historia, -lo cual me sorprendería muchísimo- es que has disfrutado muy poco de tu infancia.

Pero, en fin, como hoy me siento generoso, te lo voy a decir.







viernes

La Entrada Infeliz









Una entrada sin comentarios debe sentirse como un cuento infantil sin lectores; sin niños boquiabiertos, fascinados. Hablamos de la tristeza de un cuento condenado a vestir polvo, de una historia que se obliga a leerse a sí misma, en un bucle interminable de dolor, sin que llegue a encontrar nunca su eterna página final. Hablamos de la muerte en vida de la palabra...

Así deben sentirse estas entradas en un blog. A veces, desde mi cama, las intuyo suspirando en la noche; a veces, incluso, me ha parecido escucharlas sollozar...

P.D. Estaré ausente unos días... Aunque no es la política habitual de este blog, voy a dejar la moderación de comentarios aparcada hasta mi vuelta. Así, arropada por vuestros bellos sueños, mi entrada se sentirá acompañada mientras aguarda mi regreso. Cuidádmela mucho; y gracias a todos, de corazón.











domingo

El Crimen de Don Carolo (y IV)









Te ruego así, Emilio, perdones mi temprana escapada ayer del pueblo, pero asuntos que había olvidado, de más envergadura, me hicieron regresar con precipitación a la ciudad. Aunque debo explicarte que las pocas horas que pasara anoche dentro del caserón me han permitido averiguar algunos asuntos desconocidos sobre el pobre napolitano; asuntos que, en todo caso, vienen a confirmar tus teorías. Así te cuento que nunca existió tal vampiro, como la gente comenta; y que no fue otro el pecado del italiano que el de repartir simiente entre las doncellas, empleando sus exquisitas artes amatorias. Quedaron preñadas algunas, y andarán ahora éstas corriendo su vergüenza por el mundo, que nunca debajo de una losa.

De los ruidos en la casa no tengais cuidado, que ya sabes que siendo tan viejos sus muros acaban abundando los "partos de montes". Y llegados a este punto te diré que en nueva venta quiero dejarla. Que no es otro motivo el que me obliga a ello sino el de ser desmesurada y caduca para mis sobrias necesidades.

Y doy final a mis letras, Emilio. Queda tú con Dios allí, que yo quedaré aquí, en mi ciudad. Y no vengas a preguntarme como me enteré de los detalles de esta curiosa historia, porque a veces dudo yo mismo si es cierta; y no quiero ni pensarlo...


Armando Losada.






miércoles

El Crímen de Don Carolo (III)








Llegados a la casona, y antes de regresar al pueblo, me hizo prometer el joven que lo acompañaría al día siguiente, a la hora del almuerzo, con objeto de intercambiar impresiones sobre la misma. Acompasada por los chasquidos de un látigo, vi alejarse la figura de la carreta, difuminándose entre una densa polvareda grisácea que fue enlutando más a la ya de por sí lánguida luna.

Al fin penetré en la excomulgada mansión, plagada de habitaciones y de ácaros. El ambiente de penumbra y abandono que envolvía aquel lugar me sobrecogió de inmediato. Dirigí mis pasos hacia lo que parecía ser la biblioteca: decenas de libros, minuciosamente ordenados en sus estantes, desfilaban uno tras de otro en una interminable hilera de sabiduría y misterio. De una de las polvorientas vitrinas tomé un grueso compendio de Botánica, y lo abrí entre mis manos. Mientras lo hojeaba, iba experimentando una macabra sensación: intuía como si alguna presencia, inmóvil tras de mi y amparada por la oscuridad de aquella lóbrega sala, me observara en silencio, mientras proyectaba su gélido aliento sobre mi nuca… De pronto un inesperado y seco golpe, cuyo angustioso eco fue reberverando para atravesar la habitación de parte a parte, me hizo arrojar el libro contra el suelo.

-¿Ratas?- me pregunté, entre medroso y extrañado.

Tras este primer sobresalto volvió a repetirse un siniestro crujido de tablas en el pasillo, que me invitó a dar unos pasos hacia atrás: cuello y boca contraídos, hombros levantados que conducían mis brazos ligeramente hacia delante... Todo un primitivo comportamiento de defensa ante lo desconocido.

-¿Quién vive?- pregunté sobrecogido, sin saber a quién ni dónde iban dirigidas mis palabras.

-¡El diablo debe hacerlo!- susurró una voz tras de la puerta-. ¡Pues existirá tal engendro, sin duda, cuando yo me hallo en este estado!

-Pero, ¿quién o qué sois vos?- volví a cuestionar a la madera. -¿Acaso no sois humano?

-¡Soy un alma en pena!- se lamentó la desgarrada voz.- Me dieron muerte como a un poseso, cuando no viví como tal. Y debo seguir errando ahora, mientras expío el delito que nunca cometí. A no ser que tengan castigo la buena vida y los placeres de la carne. Purgo así mi culpa, señor. Mas debo relatar a alguien mi verdadera historia, que no tendrá mi espíritu descanso hasta entonces.

El tono de sus lamentos fue creciendo en intensidad, hasta crear un ambiente tétrico y ensordecedor. Se estremeció la biblioteca de arriba a abajo, abriéndose todos los postigos de la sala. Y a un escalofriante chirrido de la puerta, giró ésta sobre sus goznes para descubrir ante mí, aterrador e inmundo, el putrefacto espectro de Don Carolo...




(Concluye en El Crimen de Don Carolo(y IV))




sábado

El Crimen de Don Carolo (II)








Jamás hubiera puesto en duda la reputación y buenos hábitos de mi compañero de viaje: hombre piadoso y refinado; amante de sus quehaceres, familia y amigos. Jamás, digo. Porque, en su ciega soledad, no deberían juzgar los oídos aquellas conductas, sino escoltando a los ojos. Los cándidos oídos, abandonados tan distantes a su suerte, carecen de la prudencia necesaria para sentenciar con justa mesura esas historias. Pudieron recoger aquellos su testimonio, esto sí. Y de hecho lo hicieron, que no lograré hallar en vida personaje que entretuviera sus minutos engarzando frases con tal agilidad.

Desayunamos infancias, campiñas verdes y correrías. Sus padres, esposa e hijos acompañaron nuestro almuerzo; nunca hubiera imaginado semejante número de comensales en un espacio tan reducido. Bosquejos en el aire, para un futuro devenir, vinieron a endulzar el café de la tarde. Y hubiera tenido conocimiento de la calidad del traje de madera que hiciera descansar su cuerpo y su lengua de no ser por la bondad del maquinista, que hizo detener el ferrocarril en la estación del pueblo. Nos despedimos, y el viajero me entregó su tarjeta de visita que fue a perderse en uno de mis bolsillos para no tener nuevas de ella de por vida.

Descargó mis bártulos un mozo, al que entregué unas monedas con la súplica de que enviara tan vasto bagaje al caserón de Don Carolo. Palideció el muchacho ante mis ruegos y, tirando los cuartos al suelo, corrió andén abajo con el cabello erizado. Pronto constaté que el temor generalizado del que me hablaba Emilio en sus letras no era nada discutible. Finalmente logré alquilar un coche con el que pusimos camino a su venta. Centenares de chopos adormecidos, auténticas pesadillas vivientes hostigadas por el viento, saludaban encorvados nuestro paso sobre sus firmes pedestales de tierra. Mientras tanto, el huraño día iba doblegando sus párpados como un fatigoso niño recién amamantado…

Anochecía cuando llegamos a la posada. Despedí al cochero y Emilio salió a recibirme. Era un sujeto recio, de salud y fuerza ciertamente notables; un hombre voluntarioso e indudablemente cultivado. Él mismo ordenó que cargaran todo mi equipaje en su carro. Aguardando mi llegada, había determinado que cenáramos sopa de ajo y cordero, por lo que nos acomodamos en torno a una apartada mesa. Conté al muchacho, entre bocados, el encuentro con el mozo a mi llegada, a lo cual me respondió sonriendo:

-Bien le referí en mi carta, Don Armando, que andan los ánimos más que medrosos por estos parajes. Pero ya comprenderá usted, que son solo fantasías hueras de gente iletrada. ¡Qué anda el cauce muy seco, aunque se empeñen en querer llenarlo con agua de borrajas!

A los postres saboreamos, anfitrión y comensal, un exquisito tabaco rapé, mientras aquel me refería los últimos incidentes relativos al napolitano.

- Al amanecer de un día templado, aparecieron unos huesos aguardando en la puerta de la parroquia la salida del señor Nicolás, el párroco del pueblo. Cundió de nuevo la alarma entre los labriegos, quienes pronto identificaron aquellos restos con los de alguna de las víctimas del vampiro, la cual, no habiendo recibido cristiana sepultura como sin duda mereciera tras su trágica muerte, surgió milagrosamente de no se sabe dónde para reclamar al representante de Dios en la Tierra el derecho al descanso eterno. Se ofrecieron misas y plegarias por la supuesta joven, al tiempo que se exhibían sus restos en la sacristía de la parroquia. Ante los mismos fueron desfilando, de uno en uno, los padres de las víctimas, que iban adivinando en tal o cual huesecillo, vaya usted a saber de que forma, la nariz respingona o los largos dedos de sus desaparecidas hijas. Duró la fiesta tres días –concluía el muchacho-. Justo hasta la llegada de Don Román, el veterinario, quien aseguró que aquellos despojos a los que estaban a punto de beatificar no eran sino parte de la osamenta de un marrano que le había sido robada de su despacho durante su ausencia. Hallados los culpables de tan macabro hecho, y confesado el delito, volvió la espada a su vaina. Mire usted, Don Armando, que nunca en la vida habría tenido tantos padres un guarro.

Celebramos la ocurrencia entre carcajadas, mientras un desvencijado reloj de pared nos coreaba con once indolentes campanadas de caoba.

-La noche va despuntando sus colmillos…-sentenció Emilio-. Sospecho que estará cansado del largo viaje, por lo que he dispuesto que le preparen un buen aposento. Mañana, cuando usted guste, marcharemos hacia la casona.

-Agradezco tu delicadeza– le refuté -, pero mi mayor deseo es el de conocer cuanto antes la morada de Don Carolo.

-Usted manda, Señor Armando –me asintió-. Dispondré el carruaje para partir de inmediato-.

Y así lo hicimos sin demora…



(Continúa en El Crimen de Don Carolo (III))






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