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martes

El Azul del Mar (I)







Nadie supo entender el cómo ni el porqué. Lo cierto es que aquel veintiocho de octubre la Tierra amaneció sin una sola gota de agua en sus arcas. Nada quedó olvidado en los embalses; nada en los pantanos… El cauce de los ríos, necrópolis multicolor interminable, confluía su profundo lecho de dolor en un desgarrado mar sin mar.

Incluso, cuando abrías un simple grifo, allí aparecía súbitamente, fascinante y seductora, la nada más pura: la insípida e incolora nada cristalina. Nada, nada, nada. ¿Sabes lo que es nada? Pues así amanecimos aquel aciago veintiocho: como te lo cuento.

El azul de nuestro Planeta Azul se difuminó en los libros de heráldica de la noche a la mañana, como si un burócrata plumazo asesino hubiera hecho borrón y cuenta nueva en nuestras absortas vidas; como en aquella recurrente visión nocturna de tu niñez, donde te restregabas los ojos, aturdido, anhelando poder despertar, sin que aquel ser monstruoso y desagradable, que continuaba frente a ti impertérrito, se desvaneciera de inmediato.

Algo sobrenatural debió suceder aquella maldita madrugada, no tengo la menor duda... O quizá algo tan natural como la destrucción, tan largamente vaticinada, de la carismática capa de ozono. Pero lo cierto es que, salvando las inevitables especulaciones, nadie tenía la más mínima certeza de lo que había podido acaecer durante la noche anterior al desastre. Nadie que nos pudiera ofrecer una respuesta válida y tranquilizadora; algo o alguien, que lograra calmar nuestra sed en algún sentido…

Ni tan siquiera pudimos usar el televisor: el fluido eléctrico parecía interrumpido desde hacía algunas horas. Lógicamente, la central hidroeléctrica que abastecía la comarca debía de haber quedado inoperante por falta de materia prima. Tan sólo conseguimos escuchar un breve avance informativo en un viejo receptor de radio, algo en sí que tampoco vino a aliviar en ninguna medida nuestro enorme desconcierto: las mentes más distinguidas y privilegiadas de nuestro agónico planeta, habían sido convocadas, con carácter de urgencia, en algún recóndito lugar no determinado por su propia seguridad. Dos insignes premios Nóbel de física cuántica especialistas en la Teoría del caos, diversos doctores en botánica y biología de apellidos indecibles versados en catástrofes medioambientales, ilustradísimos ratones de biblioteca con numerosos títulos a sus espaldas, químicos de renombre internacional, ingenieros orondos y petulantes… Y algún avispado cadáver político, reclamando algunas líneas en el último apéndice de nuestra ya efímera historia.

-¡Maldita sea!- gritó sobresaltado mi hermano, al tiempo que sacudía con rabia toda su ropa de cama, estrellándola contra el suelo-¡Maldita sea mil veces! ¡Llegaremos tarde al hangar para dar el relevo! ¡Han cortado el suministro de la luz y el despertador no ha funcionado!-

Tenía razón. El insoportable zumbido de mosquito robotizado que asesinaba al crepúsculo con la misma y monótona reiteración cada veinticuatro horas, no consiguió irritar mis oídos a las 5:45 A.M. de aquella nefasta madrugada. Un pueril deseo que tantas veces había anhelado en mis sueños, iba a verse transformado en una angustiosa y prolongada pesadilla.

Confusos y con presura, corrimos como posesos hacia ningún lugar, pues finalmente ni conseguimos asearnos ni pudimos tomar una simple taza de café. Tampoco yo logré mitigar aquella irreparable sensación de sed que mi lengua padecía desde la noche anterior, tras haberla escaldado en vivo con una cena rápida de carne mejicana precocinada. Prisionera de sí misma, y de un futuro pasmosamente incierto, aún padecería durante largas horas las consecuencias de nuestro próximo devenir, como testigo excepcional de un siniestro Apocalipsis no aventurado ni en las profecías más miserables de Michel de Nostredame.

El depósito del agua, el estuche de las lentillas, el limpiaparabrisas del coche, la cisterna del retrete, la escudilla del perro, los envases de leche desnatada, de zumo de tomate… Todo aparecía misteriosamente vacío. Como si se tratara de la cruel broma de una mitológica deidad, enojosa y maligna. Pero no te cuento más; nos tenemos que largar a toda prisa...




(Continua en El Azul del Mar II)




4 comentarios:

mar dijo...

Buenos días por las mañanas.

Me ha gustado leerte, espero la segunda entrega.

Y aprovecho para darte las gracias, me he llevado una grata sorpresa, y ya imaginarás el porqué.

Nos leemos.

Un saludo cordial.

Onminayas dijo...

Buenos días, Mar. La sorpresa ha sido compartida. Ya ves que yo soy nuevo también aquí, en Blogger.

Nos seguimos.

Un caluroso saludo, ya que estamos en plena carrera estival.

mar dijo...

Jajaja, sí, en esa carrera estamos.

Oye me apetece dejarte esto en forma de notas musicales, sin a cambio pedirte que me ayudes a poner videos en el blog ni dada. Glubs.

Como buena cáncer que soy, es mi pasión el mar. No sé si lo habías notado... espero que lo disfrutes tanto como yo.

http://www.youtube.com/watch?v=FQwpzAFz13s

Nos estamos leyendo.

Besos.

Leni dijo...

¡Que sed!!!!!!!
Como me gusta sentir lo que leo...
Sigo.

Besos

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